Se llamaba Matilde Salvatierra y
era eso que Joyce definió como un fantasma: "Un ser que se ha desvanecido hasta
ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres".
Toda su vida se había ganado el pan llorando en los velorios para muertos ajenos. Tenía un don casi sobrenatural: no sólo sabía llorar de mentira, sino que lo extraordinario era la capacidad de contagio. Empezaba a llorar al lado del féretro y terminaban llorando los deudos, los allegados del finado y en los velorios de las salas vecinas. El cambio de los ritos mortuorios terminó con su trabajo. A los 87 años, con el pelo lacio y llovido hasta la cintura, la Llorona se iba a enfrentar a su último servicio, y así lo contó en una mesa del Bar Campeones. Tres meses antes de fenecer, un empresario de la ciudad la citó. Le dijo que se iba a morir y la contrató para que fuera a llorarlo a su velorio. En efecto, el hombre palmó y allá fue la Llorona, como una artista que además sabía que se estaba despidiendo del escenario. El muerto había fundado un bazar, un comercio de discos, una tarjeta de crédito, un banco, y hasta había comprado una radio. Y todo lo había fundido. Durante la noche del velorio, la Llorona desplegó sus excelsos saberes, sus dones misteriosos, el acting de prodigio que hacía llorar hasta el Cristo de la sala velatoria.
Al otro día en una mesa del Campeones, la Llorona descargó ante un puñado de parroquianos toda su frustración. Confesó amargamente: "Lloré 15 horas seguidas por 50 pesos y nada... no le arranqué una lágrima a nadie". Había descubierto el límite de su prodigo: todavía hay algunas pocas cosas -como las lágrimas- que cierta gente no puede comprar.
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