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Es tal vez el más clásico de los métodos de escritura para
el intercambio (incluyendo las cartas que por alguna razón no se envían), pero
mientras todo perece o yace en agonía, la comunicación epistolar vuelve al
centro de la escena. Aunque nadie, o muy poca gente reciba una carta y el
cartero se haya convertido en una suerte de portador de planillas a las que uno
debe estamparle su firma (para recibir desde una tarjeta de débito o corroborar
un envío de Mercado Libre), todavía hay una mano que toma la lapicera y
escribe. Todavía hay dos manos cuyos dedos vuelan o derrapan sobre el teclado.
Todavía está, antes que nada y nadie, la escritura y el lenguaje.
Mientras el telegrama concentra la síntesis y por su jerga
ácida y técnica descarta cualquier forma de sutileza, la carta, a pesar del
desuso en que ha caído su forma más convencional sigue contando en su haber con
toda la potencia del género. En el caso
de la carta manuscrita se vuelve a poner en valor le perennidad que el papel conlleva.
La novedad es que hay una vuelta de tuerca en la dinámica de la carta, cuando
se escribe sobre el agua de la virtualidad. La carta que lee un internauta no desaparece
en el aire: queda en un archivo, en un blog, en una nube, en un documento PDF.
Si me apuran, podría aventurar que cualquier carta que hoy se escriba en
internet está destinada a perdurar tanto a más que la clásica de carta de
papel. No sé si el mismo argumento puede emplearse para la fotografía. ¿Cuántas
fotos que sacamos con el celular van a parar al papel de impresión?
Sabemos que la expresidenta ha colocado de nuevo al género
político epistolario en la cartelera. Cierta destreza en el flujo narrativo y
tal vez un goce subliminal en incomodar con su filosa pluma la figura ya
desvaída del presidente que paradojalmente ella eligió, hacen de cada carta de
Cristina Kirchner una metáfora más propia de Theodore Kaczynski, apodado el Unabomber: el detonante de una
carta-bomba. Su hijo Máximo, a partir de expresar la renuncia a la presidencia
del bloque del Frente de Todos, también acaba de hacer uso de las ventajas de
la epístola. Una de ellas es la extensión. Se puede escribir todo cuanto uno
quiera, incluso a riesgo de que el lector, tan volátil, tan apegado a la breve
(hoy la brevedad es la reina del sistema) deje de leer la carta con un solo
golpe de click en el índice de su mano derecha. Es cierto que la carta también
tiene impone sus riesgos. Para empezar, hay que saber escribir. O, por lo
menos, escribir dignamente. Algunos tópicos no los salva el corrector de Word. El
otro asunto tiene que ver con el rebote: una carta pública por lo general no va
dirigida a nadie y a la vez lleva implícita una lectura en escala: para la
clase política, para los politólogos, para los medios, para las redes, para el
gran público. Nadie contesta una carta pública, pues nadie se siente directamente
involucrado en ella. Y los que lo están -por ejemplo el presidente en el caso
de Cristina y su hijo- no ha respondido, hasta ahora, por el mismo medio. Pero
que nadie descarte nada: aquí el grotesco tiene la medida del infinito.
Las mejores cartas -sin duda- son las privadas que por el
mérito de quienes las escribieron y la perspectiva del tiempo se convertirán en
públicas. Hay miles de ejemplos. Las cartas entre Perón y Cooke, las cartas
desde la cárcel de Gramsci, las cartas a un joven poeta, de Rilke, las cartas
de Faulkner, las de Emily Dickinson, las cartas de Saint-Exupéry a su madre, y
las cartas que Oscar Wilde escribió estando preso, la Balada de la cárcel de
Reading.
En Tandil, para cerrar la nota con un color local, hubo un intendente breve, tan breve que se le daba el nombre de "Comisionado". Se llamó Carlos Pina, estuvo en el cargo entre mayo de 1972 y mayo de 1973. Fue el único que sentado en el sillón de Duffau mantuvo un duelo de cartas escritas en forma de verso con el vecino Nicolás Cucci. El coloquialmente llamado por sus íntimos como el Gordo Cucci le solicitó a Pina una reparación histórica que traería seguramente una polémica pública: que el Municipio recordara la obra realizada por el caudillo conservador Juan Domingo Buzón y estableciera el homenaje respectivo. El lance tuvo humor y picardía por partes iguales. En verso, Cucci desafió:
Dando la cara y el frente
se obtuvieron las
victorias:
puede pasar a la
Historia
Don Carlos Pina,
intendente.
Con BUZON está
pendiente
una gran deuda de
honor,
si usted repara el
error
diremos los
tandileros:
¡Por fin en el
gallinero
hubo un gallo pisador!
A lo que Pina respondió:
Como el tema es urticante
y va a traer
entrevero,
en los últimos
momentos
de mi modesta gestión
habré de dictar
Decreto
de homenaje justiciero
y la Diagonal del
Parque
se llamará Juan Buzón.
Después que esto se
haya hecho
verá que se arma el
burdel
y entonces este
Intendente
ya ciudadano sin
nombre
les dirá con voz potente
¡Andá a cantarle a Gardel!
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