"Tres gustos
había", me dice el tipo, parado en la esquina de Pinto y Rodríguez,
esperando que abra el semáforo. Espero que no me venga con la apología de la
simpleza basada en el acto nostálgico: chocolate, crema y dulce de leche, dice.
Le digo que hace cincuenta años la oferta en verdad era escasa: "¡Y claro! ¡Era lo que había!",
dice, pero agrega: "Después vino el
limón y algún gusto más".
Esto viene a cuento porque hoy en el marco donde parece que
empieza a ser una rutina el evento que podría llamarse "La noche de
Algo", se celebra "La noche del helado", una iniciativa
propuesta por el Municipio, como dice la información, para promover el concepto
de "kilómetro cero", que incentiva el consumo de productos alimentarios
elaborados cerca del área de influencia de la comunidad. La "Noche del helado"
se iniciará a las 17 y contará con la promoción de 2 x 1 en algunos tipos específicos
de helados, y la realización de espectáculos públicos rotativos entre las distintas
heladerías participantes. Al mismo tiempo habrá premios entre todos los que
participen de la jornada y como plato "fuerte" gastronómico, se presentará el
gusto "dulce de leche tandilero".
Lo del dulce de leche marca Tandil es algo que, inferimos,
se relaciona con uno de los gustos más pedidos en las heladerías, a tono con su
sabor y con cierta fidelidad a uno de los más exitosos inventos argentinos. Lo
cierto es que las heladerías que tomarán parte de la jornada son Giochi,
Figlio, Renzo, Pronto, Pistacho, Iglú, Giuliani y Nevada, con locales en distintos
puntos del partido.
Uno quiere ir hacia el futuro, o al menos quedarse en el
presente, pero hay como una fuerza centrífuga que insiste en llevarnos hacia
atrás. Debemos recordar que la fuerza centrífuga es la que hace huir a los
objetos del centro -es decir en este caso del presente- hacia el pasado. Y frente
a mí tengo al portador de esta extraña energía que atrasa: parado en la esquina donde se levanta el Paseo del
Banco (increíblemente el shopping imposible parece estar cobrando forma),
insiste en llevarme hacia "las otras noches del helado", cuando,
repite, que a lo sumo había seis gustos básicos y con eso cualquiera se daba
por hecho.
Lo escucho atento, porque las mejores historias que me han
contado no devienen del tronco central del relato (en este caso cuántos gustos
de helados había en el Tandil de los años felices), sino en alguna digresión,
algo que el tipo podría comentar de casualidad, como un detalle menor, y que al
cabo, para mi intuición narrativa, termina siendo lo mejor de su historia.
Pero acá, de pie en la esquina de Pinto y Rodríguez, mientras
un músico de jazz toca la guitarra criolla a la gorra sobre una base grabada y todo
parece ser una misma melodía enganchada sobre sí misma, no hay historia. Hay un
tipo que peina canas y me dice que su heladería preferida era La Porteña. "¿Usted la conoció?", me
pregunta. Le digo que sí, que mis padres solían llevarnos algún sábado o
domingo, que estaba ubicada en un sitio más o menos impreciso de la Avenida
España. A lo que el tipo responde que sí, feliz de que en algún momento de la
vida, hayamos compartido los helados de La Porteña, porque, me dice, bajando el
tono, como si estuviera a punto de proferir una herejía, "la mejor propaganda la tenía Renzo, con un salón gigante ahí
sobre Rodríguez. Renzo hacía unos helados de la gran puta, es cierto, porque
dicen que el tano traía el secreto de una receta europea, italiana, y no había
con qué darle". Lo que me quiere decir el vecino, es que Renzo era el
líder y La Porteña un modesto competidor de mediano pelotón. "Y lo más importante -asegura- es que uno comía sin culpa. ¿A quién le
importaba si el helado engordaba o no engordaba? Era como tomar agua de la
canilla. Uno agarraba, se prendía al pico de la canilla del jardín del vecino y
tomaba agua, litros de agua. ¿Y qué? ¿Usted vio que alguno se enfermera por
eso?", me aguijonea. Le digo que no, que hay enfermedades que vinieron
después. "¡Mentira!",
grita. ¡Lo que vino después es el curro!
¿A dónde se ha visto que ahora se pague por el agua?". Es evidente que
la fuerza centrífuga de su malestar me siga arrastrando hacia el hondo bajo
fondo del pasado. Le pido entonces que volvamos al helado.
"De todos los actuales me quedo con Nevada, es el más humilde y no se vendió a la sofisticación de la época. Es cierto que los helados de ahora tienen otro gusto, son ricos, y hay más variedad. Pero, ¿no le da cosa a usted pedir un helado de Banana Slipt?", me pregunta. El tipo me hace reír por su forma, por el tono de enunciación de sus argumentos. Le pido, ya que tanto sabe sobre la historia del helado lugareño, algún dato que realmente me llame la atención.
"¡Cómo no!" Y escucheme atentamente", dice. Le dispongo de mi máxima atención. Entonces cuando advierte que no hay otra cosa más en el mundo que su relato, suelta el dato que faltaba: "¿Usted sabe que los Macri empezaron con una heladería acá?". Le digo que no me parece. Hasta donde sé, el padre del tandilense leve, Franco Macri, llegó de Olavarría, conoció en el Club Los 50 a la hija de Debilio Blanco Villegas, se casó con ella y empezó su carrera a la fama y los millones. El tipo me mira, con una sonrisa sobradora, y remata: "Je, ése Macri sí. Pero el otro, el hermano, Tonino, arrancó vendiendo los helados Laponia". Se abre un silencio que de mi parte es de duda, pero también de expectativa: hace rato aprendí a no dejar pasar un dato que parece descabellado. "Averigüe y verá que yo tengo razón", dice antes de despedirse. Le pregunto si esta noche va a participar de "La noche del helado" y me dice que no, que está fresco y a su edad tiene que cuidar la garganta. Cuando dos horas después entro a buscar en los libros el dato de Macri = Laponia advierto que la cosa era cierta. Pero eso ya es otra historia.
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