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"¿Y cómo era el tema?". El pibe, pues debe andar por los veinte años y es eso, un pibe que escribe y que quiere saber cómo escribe, y por eso mismo me mandó un par de cuentos por mail y ahora que estamos tomando un café, me pregunta, antes de ir directamente al grano (es decir, a sus cuentos), cómo era el tema. La pregunta tiene que ver con las mujeres, con, dice, las chicas, a la edad, precisamente, en que nosotros, o sea la generación que hoy lo dobla o triplica en edad, queríamos conocer una chica, por decirlo así.
Todo esto viene a cuento porque el viernes pasado en la caverna de Syquet tuve, entre el público, entre los 25 espectadores de "Picadas con historias" a uno muy especial, al que, un tanto imperdonablemente omití nombrar entre historia e historia, porque literalmente se me pasó en medio del vértigo de los relatos y de esa intimidad que te da el lugar, una caverna medieval para mi percepción literaria, que alguna vez tuvo una dimensión mucho más pedestre: fue el sótano de una carnicería.
Pero bueno, basta de digresiones y vamos a los hechos. Decía que entre el público estaba un hombre que inventó algo. Eso no es poca cosa en un mundo donde, como suele decirse, está todo inventado. Y, para colmo, inventó algo que aunque ya no exista más quedó para siempre en la memoria de una generación. Inventó, este señor, una discoteca. Decir eso es decir nada o casi nada si uno no le pone nombre a su invención. Un nombre que fue una marca de época. La marca de las marcas, diríamos: Yamó.
-¿Yamó? -me pregunta el pibe, extrañado, y es lógico. Tiene 20 años y ese nombre para él no significa nada en absoluto. No tiene entidad histórica, no tiene pasado ni densidad sentimental, aunque Yamó haya cifrado la tremenda cronología de 35 años de vida en plenitud. Porque este chico que escribe cuentos y que me ha citado en un bar para que yo le diga qué me han parecido sus cuentos , este chico no había nacido cuando allá, en el fondo remoto de la Avenida Alvear, un hombre llamado Osvaldo "Pocho" Gutiérrez compró un par de lotes en medio del descampado, porque eso era Alvear a principios de los años 70 y se puso a construir una discoteca que al cabo se convertiría el ícono mayor -digamos junto a Grisby- de las discotecas lugareñas, puesto que en ese instante nacía Yamó, le digo al pibe, y con esta suerte de mención histórica te estoy empezando a responder la pregunta que abrió nuestra charla.
-Eso, cómo hacían ustedes para conocer chicas.
Está claro que la pregunta de Pablo (el pibe se llama Pablo) viene a cuento por lo que ahora sobra y antes no existía: el teléfono celular y por su vía intradigital las redes sociales y los sitios de citas. Tinder y afines. Tampoco existía esa ceremonia que se ha dado en llamar "la previa", ni otras cuestiones que hacían prácticamente un trámite, al menos, el primer contacto, algo que para nosotros era una odisea. Es una paradoja, porque según la teoría que intenta explicar el ocaso y casi muerte de las discotecas actuales, esta llamativa extinción habría que rastrearla precisamente en las redes sociales, ese lugar de sociabilidad donde ocurre todo, o casi todo.
-Bueno, nosotros íbamos a Yamó -le digo.
Y aclaro: no todos, pero sí una abundante mayoría. Íbamos, le digo, a la casa que inventó ese señor canoso que ahora está en el bar, frente a nuestra mesa, de impecables 82 pirulos, llamado el Pocho Gutiérrez. Íbamos, le aclaro al pibe, a pie, porque en esa época nadie que tuviera entre quince a veinte años tenía auto, ni moto ni nada. Teníamos piernas para ir y venir caminando a todos lados, fuimos una generación que caminó las calles del pueblo en la intemperie de la nocturnidad de esos años.
-Así que Yamó -repite el pibe, como si le costara entender cómo eran las cosas en el siglo pasado, con los avatares de la civilización perdida, la nuestra, y la siempre traumática relación con el sexo opuesto en los años de la juventud,
-Sí. Pero para llegar a los reservados de Yamó había que tener mucha suerte, o ser un verdadero galán, un milagro de la naturaleza que, como todo milagro, pocos varones eran los que podía exhibirlo. Pero bueno, espero haber contestado tu pregunta.
-¿Y otros lugares no había? -dice.
Le digo que sí: el cine, los cumpleaños de quince, los asaltos, los recitales, el picnic del día de la primavera, los bares (en mucha menor medida porque las chicas de ese tiempo no iban a los bares, los bares eran territorios mayormente masculinos, hasta que apareció el pub), en fin, mejor hablemos de tus cuentos, le digo al chico, y lo observo, percibo que se revuelve en la silla, que la sangre indómita de su carácter de novel narrador bulle entre sus venas. Veo que palidece como palidecí yo hace tantos años, y como me seguirá ocurriendo hasta la eternidad, en un oficio de prueba y error, porque eso es escribir, un salto al vacío, lo más parecido a cuando uno, en medio de la brumosa oscuridad de la discoteca, veía la angustia de la hoja en blanco, es decir la chica que te gustaba, sentadita, esperando a todos los príncipes azules de la romantizada y absurda narrativa adolescente. Entonces había que acercarse, había que franquear esa dimensión insondable, ese espacio que se abre entre la hoja en blanco y las palabras con que vas a empezar a llenarla, había que ir a matar o morir, porque de eso también se trata este oficio, con una sola palabra, una entre miles, pero la única que podías pronunciar en la penumbra de Yamó, la palabra que podía ser fundante (en el caso de que ella te dijera que sí y se levantara y encarara para la pista) o humillante en el caso de que te dijera que no, que no bailaba. Porque la palabra ¿bailas? era todo lo que podía decir un joven, un pibe como vos en Yamó, aunque tuvieras otras, porque un pichón de escritor siempre tiene otras palabras, palabras que incluso otros varones no usan porque desconocen.
-No me gusta bailar -y dicho esto el pibe toma aire y pregunta-: ¿qué te parecieron mis cuentos?
Lo miro. Le digo que sus cuentos me parecieron muy buenos. Suspira como aliviado y yo veo en el fondo de su alma, en el leve temblor de voz, en su mirada honda y trémula, en su adolescencia tardía apenas tocada por la desdicha, todo lo que le espera en el caso de que siga escribiendo y no le guste bailar.
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