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A la vuelta de las vacaciones advierto que en el bar hay novedades: el Tucu dice que se encontró con su primer amor, Shakira. Bueno, él le dice "La Yaqui", una señora de Villa Aguirre, peluquera, de entre cincuenta y sesenta años, con la cual mantuvo un romance que terminó como todos los romances: para el culo.
Pero al Tucu le pasa lo que a muchos varones: le costó digerir el mal trago y cuando pensó que ya lo había superado, la Yaqui se le apareció como un fantasma en la puerta de la casa.
-¿Con el nuevo novio? -Roque, ansioso, le apura el relato. Le pide que cuente, que no sea amargo, que aproveche el regreso a la mesa del bar para hacer catarsis con los amigos.
-Con cuatro tipos. O cinco. -dice el Tucu.
-¿Cómo que con cuatro? -Roque es muy conservador y para él más de dos personas son una multitud.
Entonces el Tucu explica. Cuenta que la Yaqui, cuando era joven, quería ser artista. Su ídola era Rafaella Carrá, pero que de entrada le hicieron saber que tenía algunos problemas de afinación.
-Desafinaba como si la estuvieran degollando -el Tucu nunca fue muy suave para las metáforas.
Le digo que hoy esa cuestión estaría más o menos atemperada: parece que hay máquinas que hasta corrigen los pifies de los cantantes.
-¿Pero llegó a cantar en público o no? -Roque no puede con su ansiedad.
-Un par de noches, creo que en Unión. O en el Boca. Sí, me parece que fue en el Boca.
-¿Y qué pasó?
-Evidentemente dejó el canto y se puso como peluquera, una sabia decisión. Fue ahí que empezó nuestra historia. Nos conocimos en Yamó.
El Tucu hace un racconto del romance con la secuencia calcada: dos meses de enamoramiento, cinco meses de amor, siete meses de realismo, un año de tedio compartido y chau pinella.
-¡Chau pinela! ¿De dónde vendrá esa frase? -a Roque le encantan las digresiones.
Pero el Tucu no le presta atención. De golpe ha vuelto a su melancólico laberinto. Se terminó el romance pero la Yaqui siempre le quedó flotando en la cabeza.
-El final fue horrible. Ella nunca me perdonó que la dejara por Marisa.
-¿Y entonces?
-Qué sé yo, viste como son las mujeres. Estaba todo terminado, todo en el pasado hasta que antes de ayer se cayó en mi barrio. Me tocó el timbre y cuando abrí la puerta casi me muero. Había una banda de música en la calle.
-¿Cómo que una banda?
-Sí, los tipos de Ajenjo.
-Me estás jodiendo.
-Para nada. Parece que la Yaqui decidió volver a su antigua pasión, el canto.
-¿Y entonces?
-Bueno, eso. Que volvió a cantar.
El tono de Roque se vuelve sarcástico.
-¿No me digas que te dedicó una serenata?
-No te hagás el pelotudo.
Le pido que se calme y termine la historia. Cuenta que apenas salió a vereda, la Yaqui agarró el micrófono y los tipos de Ajenjo arrancaron con la música.
-¿Una cumbia?
-No, ojalá. Peor: un rap.
-¿Un rap? -Roque, tentado, tiene que taparse la boca para disimular la risa.
-Sí, un rap. Y empezaron a venirse los vecinos, un papelón realmente.
-¿Y qué decía el rap? ¿Te acordás la letra, algo?
El Tucu se estira hacia atrás y del bolsillo del jean saca un papel doblado a la mitad. Lo pone arriba de la mesa y llama al mozo. Pide una lágrima. Roque me dice que me acerque a la hoja. El manuscrito está escrito en mayúsculas con esos firuletes propios de la escritura femenina. Al pie advertimos la firma de Yaqui. El rap dice así:
PARA EL TUCU, CON AMOR
Te creías Del Potro / pero no te daba el coco
Eras un curda perdido, mucho peor que Macoco
Me cambiaste en Yamó / Por una rubia muy cheta
pero el culo se le cayó / vos pensás con la bragueta
Yo soy toda natural / con mi Rolex de neón
Vos le compraste tu Cassio / al relojero Ceccón
Las mujeres no lloramos
Somos clientas de Lauge
Las mujeres facturamos
Estamos en pleno auge
Pudiste tomar Ruttini / Pero el Bar Tito es tu karma
Yo en un crucero al Caribe / Vos Arenas verdes con Viagra
Yo en el Boliche de Tití / Con mi ropa bien fifí,
Vos nunca serás muy cool / Con tu jean de Puente Azul
Las mujeres no lloramos
Las mujeres facturamos
No me salpiques vos, Tucu,
¡Nunca serás Parasuco!
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