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Eso que siempre estará

Entonces, bajo los naranjos de Yrigoyen y la niebla que cae sobre el valle como un velo gris, reconozco el lugar, intacto a todos los cambios y todas las modas. Y entro.

No busco un sello porque de las muchas contingencias que impone el sistema, he zafado de tener que usar tal adminículo donde se consigna, como en una síntesis fulminante, la totalidad de una vida: quiénes somos y qué hacemos. Pero bueno, escribir y leer (que es lo que hago) no requiere de la constatación de la tinta, aunque de tinta estemos hechos los que vivimos de la palabra.

Dentro de ese local ubicado frente a los restos mortales de la sede social del Club Ramón Santamarina (actual Centro Cultural Universitario) hay una sola persona que a diario lo habita. Y que, como cualquiera de nosotros, tiene una historia.

Se llama Sergio Romay y ese trabajo que aún me parece el de un orfebre, más propio de la civilización perdida (nuestro querido siglo XX) mantiene su real vigencia tal como, según cuenta Sergio, se lo supieron decir a su padre, el día que aquel brillante tipógrafo que era empleado de la imprenta La Minerva, para ganarse unos pesos cuando una ley de Onganía despidió a su esposa de su empleo en el Banco Hipotecario, decidió destinar una de las tres habitaciones de la casa de calle Maipú, frente al Colegio San José, para fundar su negocio. Quien lo aconsejó le dijo que sus manos trabajarían con una materia invencible y perpetua: que podría extinguirse el Universo entero, pero siempre la vecindad tocaría su puerta necesitando de un sello.

Eso habrá sido en la década del sesenta, más o menos, y está claro que el consejo se cumplió a rajatabla. Cambió todo, el mundo se puso patas para arriba, la sociedad industrial dio paso a la industria del conocimiento, la era tecno-digital llegó para quedarse, la red de redes, internet, achicó las fronteras del mundo, se transformaron los ritos y las costumbres, las formas de empleo y producción, en fin, la reina de la posmodernidad, la tecnología, se apropió de nuestras vidas y de nuestros trabajos, pero ahí está Romay bajo los naranjos de Yrigoyen, con sus sellos perennes y eternos, sin que nada de todo lo que nos pasó le haya movido un centímetro esa labor que conserva su raíz artesanal, su manufactura propia e intransferible. Su, en fin, sello propio.

No es el único vecino dueño de un oficio que podría sobrevivir a cualquier cataclismo. El peluquero, el zapatero remendón, el sastre (en extinción, pero todavía presente), el odontólogo y algunos pocos oficios más podrán resistir el filo de la guillotina que ya ha caído sobre unas cuantas cabezas, bajo eso que se ha dado en llamar como Inteligencia Artificial. Por ahora, hay saberes a los que la máquina de calcular algoritmos no llega, ni roza ni siquiera puede aspirar a construir. No se trata de saber cómo se hace técnicamente un sello, sino de comprender que detrás del oficio hay una tradición, una historia y una genealogía familiar por lo cual hace de los sellos de Sergio los únicos, o los mejores, a los que uno siempre va a elegir en caso de que inopinadamente le aparezca la competencia.

Así como la ciudad de estos días nos sorprende con sus nuevas tendencias (el café de autor, un pequeño centro comercial en la ex Curva de la Muerte, un country en la ruta 74, por citar solo algunas), también, si uno sabe mirar, sobreviven como auténticos prodigios de la memoria esos pocos sitios que nos arraigan no con la nostalgia de lo acaecido, sino con las raíces ancestrales del pasado, de nuestro pasado, que nunca termina de pasar.

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