AGUAFUERTES VOLVER
Hay que venir de a pie desde el cruce entre Perón y Monseñor de Andrea. Hay que empezar a subir, a paso lento, y poner el ojo en alerta. Al fondo, en lo más alto del cerro, yace el hombre torturado. A izquierda y derecha de la avenida cortada al medio por el boulevard están las casas. Los chalés. Ejercicio: observar cómo unas cuantas de esas construcciones tan parecidas entre sí (acordes a la normativa de lo que fue -o es- un barrio residencial- atraviesan el fantasmagórico proceso de la mutación. Fueron algo y pronto serán otra cosa.
Se dice que hay dos formas de mirar. A veces se mira en piloto automático: miramos como parpadeamos. Pero otras veces -ejercicio muy recomendable para el que guste escribir- se mira narrativamente. Esa mirada -como una línea que se arroja al mar- en ocasiones no trae nada. La pesca del día tiene esas cosas. Pero otras veces aparece algo raro dentro del minimalismo urbano, algo que se torció, que se salió de cuadro.
Por ejemplo el chalé en esquina de Monseñor de Andrea y Brandsen. Uno de los tantos que en viaje hacia la Gran Cruz (y cuántos ojos detrás de esas ventanas habrán mirado a su vez a los peregrinos subiendo, a la Procesión bajando), cuando el chalé tenía en su interior, digamos, eso que podríamos llamar una pulsión de vida.
Ahora algo le ha pasado. No está ni del todo en el pasado ni del todo en el presente. Lo atraviesa un limbo metafísico. Es un chalé de ladrillos vista un poco deteriorados, con las persianas bajas, pintadas de un verde inglés que le aportaba la elegancia típica de esas casas que se levantan sobre una de las pocas avenidas que (por ahora) no tienen edificios.
Pero algo le ocurrió al chalé. Algo notorio, un primer movimiento que precede a un inminente cambio en su fisonomía futura: le sacaron el techo. Íntegramente, el chalé ha quedado huérfano de cielorraso, de madera, de tejas, de membrana, de Ruberoid.
Y así, destechado, el chalé es una cáscara, una maqueta, indefenso a lo que le caiga de arriba.
Queda, eso sí, indemne aún en lo más alto del pilar, la veleta, el pequeño artefacto coronado por una campana, que todavía le indica a los fantasmas de la casa destechada, la dirección de donde sopla el viento. Un artificio meteorológico del siglo veinte. Usualmente la veleta compone la figura de una flecha, o un gallo o una carreta. Los dueños originales optaron por la campana, la cual funciona como alegoría del anuncio (que puede ser terrenal como divino, mucho más tratándose de una construcción ubicada a metros del Gólgota serrano).
Así las cosas, la campana guarda el modesto enigma del chalé destechado. En paráfrasis de Hemingway, no sabemos por quién dobla la campana. No sabemos si nos está anunciando la sombra terrible de la piqueta o la caricia mortal del reciclado.
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