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Por lo general, y podríamos decir que casi siempre, que un texto se convierta en libro es una idea del autor. A veces, más que una idea es un desvelo. Cualquiera que escribe desea ser leído, o ver que eso que escribió tome la forma imperecedera del objeto libro.
A veces no es así. Se dice que buena parte de la obra de Kafka se la debemos a la "traición" de Max Brod, su amigo. Respecto a esto, me apunto en la vereda de los que piensan que si Franz Kafka hubiera querido verdaderamente que su obra pereciera, él mismo la habría prendido fuego. Le dejó el encargo a su amigo Max, y ya sabemos, felizmente, cómo terminó la historia.
Hay un género en extinción: el aguafuerte. Pintura o grabado de un momento, instante narrativo de la vida cotidiana, pocos diarios conservan alguna pluma que le saque agua a las piedras. Lo que nos lleva a la siguiente pregunta: ¿qué masa de lectores leerían -o, para el caso que nos ocupa- releerían el género aguafuerte?
No tenemos ni idea. Y no importa. La trama de los días, del amigo Marcos González, es por fin el libro que mucha gente le venía pidiendo. Y parece que él no tuvo nada que ver en su concepción: según me contó hace unos días vía Watshapp una suerte de "conspiración" entre su compañera y el amigo Javier Pianta derivaron en una selección de las contratapas que Marcos viene escribiendo en El Eco para que se conviertan, al fin, en un libro.
El tema no son las 500 palabras o los 2000 caracteres del texto, sino qué significa tener que escribir una viñeta por día, de lunes a viernes. Si entendemos que la escritura es un hábito (como hacer abdominales o elaborar salamines), la exigencia sería la misma. Es cierto. El asunto, como siempre, radica en una palabra clave: disciplina. Con un detalle propio de la cocina de la escritura: la obligación de entregar la nota contrarreloj del cierre demanda del aguafuertista un manual de argucias para que el tema salga. La memoria personal, las efemérides, una charla de ocasión, algo que se vio en la calle, lo que sea es bienvenido para empezar a escribir. Teniendo la idea, todo lo demás es cuestión de mecánica.
No sé cuánto tiempo -seguramente más de diez años- hace que Marcos González escribe la contratapa del matutino. No escribe todo lo que quiere, escribe lo que puede, como nos pasa a todos. Sobreviviente de la civilización analógica, su narrativa diaria está condenada al lugar común de nada más viejo que el diario de ayer, o la más cruda imagen del papel de diario con que el carnicero envuelve el kilo de nalga. Tales módicos vejámenes son salvados ahora por otro papel, el del libro, ese libro que su mujer y un amigo impulsaron bajo el sello de la editorial Libros del Espinillo.
Una sola pregunta obsesiona al aguafuertista cada día: ¿Qué carajo escribo hoy? Luego de diez días de descanso escritural de este sitio web, es decir de detener el motor del hábito, la misma pregunta empezó a rondarme desde la mañana. Hasta que recordé La trama de los días. Como decimos en la jerga, el libro de Marcos me salvó.
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