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Rody y las fotos

Lo primero es esta cita de Leonardo Sciascia: "La experiencia de una tempestad en el mar hasta un imbécil no la olvida y sabe contarla; pero para una tempestad en una copa de champaña es necesario el genio de Proust".

Sciascia fue un gran escritor. La desaparición de Mayorana y El teatro de la memoria son dos grandísimos libros. Y breves. El epígrafe viene a cuento porque hace algunos días Rody Bechi me pidió un favor: puntuar desde el año 2000 para acá los hechos o eventos recordables (y generalmente resonantes) para una exposición que hará en febrero en el Museo de Bellas Artes. Bechi es lo que antiguamente se llamaba un fotógrafo socialero, pero sobre todo un fotógrafo de diarios. Un profesional de la cámara dedicado a hacer fotos de sociedad. Tiene una infinidad de fotos geniales y desde que empezó el siglo XXI prácticamente ha cubierto todos los hechos que cualquiera remarcaría con fibra roja: la inauguración del Hospital de Niños, el incendio del Hospital en el año 2000, la imposición del Cristo de las Sierras, las decenas de marchas y manifestaciones, y así de seguido.

Pero -la conjunción adversativa está para eso, para imponer sus condiciones- a la hora de elegir de memoria unos 60 eventos (de los cuales quedarán 30 fotos para exponer), se me ocurrió advertirle que no siempre lo resonante es amigo de la belleza.

Estar en la calle, como Rody lo ha hecho durante todos estos años, le ha afilado la mirada. El caso, volviendo a la cita del principio, es que a menudo un hecho inadvertido, por ejemplo un personaje pintoresco, en el borde del borde, tiene más sustancia fotográfica que un evento social o histórico.

Y si un fotógrafo lo que hace es contar con minucia -como Proust contaba el sabor de la magdalena mojada en una taza de té-, entonces le espera de acá a cuando termine la selección de imágenes un arduo camino. Una fotografía narra lo obvio pero también, si la toma es buena, el espíritu de lo retratado. El lugar común de que una imagen vale más que mil palabras tiende a ser relativo: sólo es así cuando la foto sabe contar en su lenguaje la historia que nos revela. Cualquiera, dice Sciascia, cuenta una tormenta en el mar. El tema es cómo contamos lo que apenas se advierte, lo mínimo que por su economía de recursos suele ser lo esencial.

El último personaje de la ciudad, el retratado hace ya algunos años por Rody, cruzando la avenida en medio de un desfile patrio, mirando al sesgo la cámara, es él, pero no sería totalmente él sino fuera por dos elementos que entran vívidamente en la escena: la botella y el perro. El desfile congrega a una multitud que se apuesta en el cordón de la vereda para ver pasar a otra multitud de hombres y mujeres que pasean sus banderas y sus estandartes. Pero el fotógrafo, siguiendo su instinto, gira el objetivo hacia el personaje lateral que irrumpe, que quiebra la simetría, que altera el orden formal de las cosas, dejando al desfile en un segundo plano.

Rody tendrá que saber elegir las fotos que sacó con la pulsión del verdadero fotoreportero: son fotografías, pero también son reportajes, es decir diálogo; son palabras en el agua, por ejemplo qué nos está diciendo Macoco mientras nos mira y qué le decimos nosotros al personaje del retrato. En la mínima hendija que se abre entre lo que nos dice y le decimos se filtra, con sigilo, silenciosamente, eso que llamamos arte.

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