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Enero es así

Lo sabemos desde siempre. Primero la extensión: enero es largo, el mes más largo del mundo. Esa longitud se siente en su totalidad pero sobre todo en el bolsillo.

También suele ser llamado el mes de la nada. El mes donde la nada derrota al ser, razón por la cual es pertinente colegir que Jean Paul Sartre bien podría haber escrito La náusea y El ser y la nada durante cualquier enero argentino.

A la ya muy confirmada noticia de que la televisión ha muerto, se le deben consignar ciertos estertores post mortem. Como fue enterrada viva a manos del streaming, entre otros subgéneros del género mayor llamado Internet, en enero hay vida -por llamarlo así- después de la muerte.

Ese organismo que perdura con módicos signos vitales a lo largo de las llamadas vacaciones y luego fenece sin más, es denominado como el Movilero de Televisión en la Playa, joven, varón o mujer, que es enviado por el canal de televisión a las costas argentinas para hacer gala de su cultura general en la densidad de las preguntas que le hace al turista en la playa. Enero es el mes de las preguntas insondables: ¿churros o choclos?

En tiempo de pulsión egoica en redes sociales, alguien -varón o mujer- que se deshizo en el gym durante todo el año exhibe la perfecta felicidad de su cuerpo que contrasta fatalmente con el del 90% de los mortales. En enero la belleza humilla.

Para matizar tanta banalidad, es que la misma banalidad produce tragedia. Un padre en la cuna del mundo banal -Pinamar, la de, agreguemos, Yabrán- sube a un UTV con su niño de 8 años como paragolpes, para estrellarse en medio de la nada -la nada convertida en frontera- contra una camioneta. Son los deslices del bruto con plata, el peor de los brutos. Entonces la felicidad de la televisión -que ha muerto pero vive su tiempo de resurrección en enero- es completa. El morbo factura sin IVA.

Enero es así. Muchos vecinos de viaje, moderada visita de turistas, días de calor agobiante, poca lluvia, negocios que abren y negocios que cierran.

Entre los que bajan lo persiana hay uno que lo hace porque ya está, porque al dueño le fue muy bien y quiere disfrutar lo que le queda de vida, porque trabajó algo así como treinta años en esa misma esquina bajo el invencible slogan de "Siempre más barato". Es la ferretería El Cid, del amigo Pablo Dotro. El Cid, se sabe, es un nombre de fantasía literaria. Alude al Cid Campeador y si bien nunca lo hablé con Pablo, estoy seguro de que ese nombre se lo regaló Andrea López, que fue su mujer y madre de sus hijos, que murió cuando le quedaba mucho por vivir y formó parte de nuestra mesa del bar El Cisne en los años de juventud. Se va El Cid en el mismo lugar donde se fue nuestra adolescencia: Circulares.

Enero también es un círculo, como la vida misma.

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