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Historias desde el Bar Ideal: Alturas

Viene derecho a la mesa, se sienta, se quita unos lentes diminutos cuyo marco rotundo, negro, va en línea con todo lo que el tipo inspira: lo más parecido al Hombre Invisible. Esto es: alguien que ha hecho de su vida un episodio plano, sin alteraciones. Además le cuesta hablar. No el hecho en sí, para lo cual sólo hay que abrir la boca, sino que tropieza con una dificultad un tanto más compleja: la vivacidad expresiva, por decirlo así.

Pero al fin habla. Dice que se llama Enrique y que estuvo leyendo la charla de esos dos amigos suyos, dice, para referirse al Tucu y a Roque, parroquianos habituales del Ideal. Y más específicamente la última charla, esa, dice, en que sus amigos se pusieron a discutir cuál pileta era la mejor, si la de Ferro o la del club Independiente.

Llega la moza. Lo pongo al tanto, por si lo ignora, que la consulta es el convite del café. No lo ignora. Lo pagaré con gusto, dice. Luego expone lo que ha estado pensando desde que leyó la nota de las piletas y de los profesores de natación, aunque el punto que lo acercó hasta la mesa del Ideal no sea ése precisamente.

-Cuente, cuente -lo aliento, para evitar que siga el rodeo y vaya, como quien dice, al grano.

-Mi tema -dice y a carraspea, un tic que ignoro si le viene de antes o lo propicia la extraña situación confesional-, mi tema tiene que ver con la altura.

-¿La suya? ¿Cuánto mide?

-No, no, la mía no. La altura de los trampolines -dice y vuelca en el pocillo un sobre de azúcar, y parece súbitamente aliviado, como si el empezar a soltar lo que lo trajo al bar hubiera roto las compuertas de hormigón de su introversión.

-Ah, entiendo. ¿Cuál prefería?

-Ninguno, amigo. Ninguno. Y es una frustración que arrastré durante toda mi vida. Me explico: por preferir, los prefería a todos. Pero nunca me animé, ¿entiende?

-¿A saltar del trampolín?

-Eso mismo, debe ser a una de las primeras personas que se lo confieso. Bueno, la otra era Pocha, mi mujer, pero ya partió. No me animaba. Nunca lo logré.

-¿Vértigo? -arriesgo.

-No, no. Ausencia de valor, de coraje, póngale el nombre que quiera. La altura me traumaba. A lo máximo que llegué, una mañana en la pileta de Ferro, una mañana que no había nadie cerca, a lo máximo fue subirme hasta la tabla más baja. Se acuerda que estaba el trampolín temible, el más alto, y un poco más abajo los otros dos. Bueno, subí a uno de esos. Me acerqué con un pánico de muerte hasta la mitad del trampolín, después avancé dos pasos más, quedé cerca de la punta, ¿vio?

-¿Y entonces?

-Entonces nada. Miré hacia abajo, al agua, y es como si hubiera estado en la proa del Titanic. Me eché para atrás, me volví, no pude superarlo.

-Pero, ¿no se le ocurrió tirarse de palito?

El hombre se coloca los lentes y dice que no. Y que esa es una de las tantas frustraciones de su vida. Ni aladeltismo, no alpinismo, ni paracaidismo. Tirarse de un trampolín. Y sobre todo del trampolín de Ferro, enfatiza. Porque yo soy del tricolor y además soy de Villa Italia, dice. Y antes de llamar a la moza y pagar los dos cafés pregunta con toda la inocencia del mundo si ya es irremediablemente tarde, o si a los setenta y ocho pirulos la vida podría darle una módica oportunidad.

-¿Usted cree que podamos hacer algo? -dice Enrique y unos minutos después desaparece del bar.

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