ÚLTIMO MOMENTO

Tres advertencias

La historia empieza bastante antes de que la otra historia se cumpliera la madrugada del 31 de agosto de 2025. Ocurre que una historia no es inescindible de la otra. Es más, la primera historia es constitutiva de la segunda. Sin ella, sencillamente, no habría ocurrido. Y dicho esto vamos a los hechos.

Pongamos un apellido cualquiera. Gómez, por ejemplo. Gómez es un hombre que maneja una empresa constructora. Gómez compra casas en estado relativamente precario, las hace demoler y sobre esos cimientos levanta otras propiedades. Pero Gómez tiene un problema que le urge solucionar: en el mercado local hay poca mano de obra capacitada. Entonces el constructor trae mano de obra foránea. Albañiles de Misiones y del Chaco. Gómez los contrata bajando dos pájaros de un solo tiro: en las casas que compró y que todavía están con la demolición en veremos, aloja a su personal. No los conoce y no tiene la menor idea de quiénes contrata.

Entre los albañiles que Gómez importa, hay uno que de entrada viene torcido. Se llama Wilson Sánchez, tiene 23 años y es un chaqueño al que se cree paraguayo, confusión que tal vez se deba a que habla el guaraní. Vive en una de las casas del patrón, cercana al Hospital de Niños, pero ya en el mismo barrio hay comentarios de comportamientos indeseables. El albañil es un tipo conflictivo. Gómez recibe la primera advertencia y la deja pasar.

Otro día, en la obra que asignó a Wilson, ocurre un altercado. Wilson se entrevera con otro albañil. Los compañeros lo frenan y al final de la jornada ponen al tanto al patrón del chaqueño quilombero. Le piden que lo saque, pero la segunda advertencia también sigue de largo. Semanas después, ocurre un incidente de trabajo. Los albañiles están haciendo el hormigón de una pared cuando de golpe se les rompe un tabique, razón por la cual se viene abajo el encofrado de tres metros cúbicos de hormigón que van a parar a una obra vecina a la de Gómez. Cuando los albañiles de Gómez son enviados para reparar lo que se ha roto, Wilson Sánchez, que forma parte de la cuadrilla, tiene un altercado con el capataz de la obra vecina. El capataz lo llama a Gómez y le dice sin vueltas que se saque a ese tipo de encima, que es muy problemático y violento. Gómez dice que sí, pero que Sánchez trabaja bien y él lo necesita en sus obras. La tercera advertencia también es desoída.

Poco tiempo después acontece la otra historia, o mejor dicho: la continuidad de la primera. Wilson Sánchez va a bailar a Sol Disco. Allí discute con alguien, vuelve a su casa, levanta un cuchillo tramontina con la punta limada y regresa al boliche. Pero entre su casa y Sol Disco se cruza con un grupo de jóvenes. Aquí la escena toma una dimensión completamente espeluznante, no sólo por lo absurda en sí, sino por la carga de inhumanidad insoportable que lleva. Sin que ocurra nada relevante -ni irrelevante- entre los jóvenes y él, Wilson Sánchez le aplica un puntazo en el cuello a la joven Milagros Quenaipe, de 18 años. La degüella sin más, en la esquina de Rodríguez y Uriburu, bajo la última bruma que acontece al amanecer. Milagros no volverá a su casa, se muere ahí mismo, desangrada, mientras el albañil sale de la escena, se va, como si nada hubiera ocurrido.

Todo el episodio queda grabado en las cámaras del centro de monitoreo. La tragedia de Milagros se repite en los celulares, a la semana una marcha masiva pide justicia. Su padre demanda la pena de muerte. El asesino es atrapado y va preso. Con el tiempo, como todo en esta época, la noticia cede en su clamor, porque nada dura mucho hoy en día, ni siquiera el espanto de un crimen atroz, un femicidio horrendo que se hace aún más intolerable por la densidad aberrante del hecho en sí: el acto de matar por matar. No hay casualidad, no hay causalidad ni hay destino. Lo único azaroso fueron las coordenadas que hicieron coincidir al asesino con la víctima.

Fue el último acto del chaqueño Wilson Sánchez en la ciudad. De Mili, como le decían sus amigas y su familia, queda vibrando en un tiempo desolador la memoria de su vida breve. Y queda eso que León Gieco cantó como un mantra miles de veces y que aún hoy sigue cantando: que su muerte no nos sea indiferente.

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