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Historias desde el Bar Ideal: Plantado

Tiene la cara del que lo dejaron plantado. Así nomás. Se podría decir, vaya novedad, que hay caras para determinadas situaciones. Cara de velorio, cara de pocos amigos, caras raras, como diría el tango, y ahí, en la mesa solitaria, redonda, sobre la ventana de Pinto, oblicua a la construcción del shopping infinito, hay una cara que supongo alguna vez todos llevamos encima.

De garpe, se diría.

Se diría que una mujer lo dejó de garpe. Que no es para nada lo mismo a que le hayan cortado el rostro, otra metáfora del lunfa posmoderno. No. El pibe -debe tener dieciséis o diecisite años- ha empezado a sentir en la piel fresca y sana, intacta hasta hoy de las calamidades de la existencia, eso que se conoce como los golpes de la vida.

Los primeros desaires. El desdén fundante.

A esa conclusión uno llega luego de levantar la cabeza del libro que estamos leyendo, la novela Maniac, de Benjamin Labatut, treinta y siete páginas después, digamos una hora después, y verlo todavía ahí, tal como lo dejamos: esperando, ahora lo sabe, algo que no va a llegar.

La gaseosa que pidió ya no existe y él, aunque aún no lo registre, es otra persona, otra muy distinta a la que entró al Ideal, observó el salón mesa por mesa, comprobó que ella aún no había llegado para recién entonces elegir la suya, muy cerca de la puerta, elección que tenía el único fin de hacerse visible enseguida, apenas la chica irrumpiera, probablemente tan fresca y feliz, pero a la vez tan tensa e incierta, como lo hizo él, porque así sin las citas, así fueron, son y así serán siempre, con esa densa incertidumbre que puebla las vísperas de un encuentro.

Si antes era el teléfono fijo de la casa de familia de la que te gustaba, ahora debe ser el guasap (que no deja de ser un recurso del propio teléfono un poco más sofisticado), por lo tanto en términos de espera, en términos de amor, en términos de encuentro, la cosa no ha cambiado mucho. El teléfono sigue mediando entre los humanos, sobre todo a la hora de pautar una cita.

Una hora y diez minutos después el pibe llama a la moza, pide la cuenta, paga, se levanta con una pesadez en las piernas, como si cargara con la cruz de Cristo, mira el celular por última vez y encara para la puerta.

Se va, se está yendo, para completar el círculo infernal de las citas fallidas. Ahora sabe que, como decía Dolina, ha estado esperando por un tren que no iba a pasar nunca. Que sufrir es parte de la historia. Ahora sabe -cada vez que pase por el Ideal- que eso también es un bar: el lugar de la conversación, el cielo de la dialéctica, pero también el lugar de la ausencia.

Foto ilustrativa.

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