ÚLTIMO MOMENTO
Hace un par de semanas pasé por la vereda de calle 9 de Julio 759, miré la casa y saqué una foto de la fachada. Presentí ese lentificado movimiento de las cosas que habiendo quedado en estado vegetativo durante largo tiempo, parecen desperezarse dando algunas señales leves, poco perceptibles, al exterior. Como si alguien se dispusiera a abrir una bóveda por dentro, o como si un detalle, apenas visible del cuadro de un pintor, se hubiera corrido de lugar.
Vi, en el primer piso, una de las ventanas, la más grande, abierta y un par de celosías tiradas sobre el balcón. Después publiqué la foto en mis redes (la misma que ilustra esta nota) y una pregunta con la poética serrateana: ¿qué será de ti? Cada lector fue por su propia conclusión, en un tiempo donde la piqueta está de moda, como lo estuvo cada vez en doscientos y pico años de historia que la ciudad vivió momentos muy intensos de cambios en su fisonomía. Desde el bicentenario para acá -es decir, apenas dos años- la aceleración fue brutal y acá uno de los tantos datos que la explican: hay sesenta edificios levantándose al unísono.
Pero la casa -como bien nos lo recordó la lectora Zulma Flora- estaba a salvo, ya que es unas de las casas particulares que se encuentran protegidas como bien patrimonial por el PDT, y por lo tanto resulta intocable.
Construida entre las décadas del 40 y 50 del siglo pasado, es una casa de una belleza superlativa que arranca desde su propia entrada (los mármoles en ambos flancos de las paredes del pasillo de entrada son el detalle que anticipa un estilo). Responde a un patrón estético muy propio de la época en las llamadas "familias tradicionales" (eufemismo que usaba el lenguaje periodístico de otrora para calificar a los vecinos ricos, o a los medios ricos); una casa muy similar y también protegida es la que ubicada sobre calle Alem linda con el cuartel de bomberos, y donde tiene su estudio de abogacía -continuando la labor de su padre- el Dr. Martín Zubeldía.
La casa de la que hablamos, la de 9 de Julio, tuvo, que se sepa, dos familias que la habitaron. La primera (y seguramente la que la mandó a construir) fue la familia Lavayén-Elissondo. (Dato al margen pero interesante por el árbol genealógico: según la recordada Tita Brivio, fue un Lavayén, pariente de ella, el que sacó el palito más largo para ajusticiar a Tata Dios en el calabozo donde estaba encerrado después de la masacre). La segunda, por lo que la casa es mayormente recordada, tuvo que ver con un médico, el ginecólogo Remo Binaghi. No era una casa que derrochaba lujo, sino una elegancia que se insinuaba desde la fachada. Remo y su familia fueron los últimos que allí vivieron; luego la casa se cerró sin portazos, como se cierra un paréntesis, quedando en manos, suponemos, de sus sucesores. Y del tiempo que la fue convirtiendo en una ruina.
Una línea infranqueable traza la protección del inmueble. El que quiera la propiedad como inversión no puede tirarla abajo. Queda, entonces, una sola chance: la adquisición y la restauración.
Eso es lo que ha pasado. La casa se vendió y su nuevo dueño ha hecho lo que en el mercado inmobiliario se llama ponerla en valor, suponemos que para vivir en ella. Es decir, recuperarla, restaurarla, devolverle el brillo de antaño. Lo curioso es la identidad del nuevo propietario. Uno podría haber pensado, siguiendo el target social que inspiró la casa, en algún vecino acomodado, con linaje e historia de generaciones en la ciudad.
No es así. La casa la compró el hombre que levantó sobre los restos mortales de la Tienda La Capital un bazar, aunque formalmente le asigne a su rubro el nombre de "regalería". No sabemos si habrá hecho un buen negocio con la casa, pero el Chino Only One es el nuevo dueño de la propiedad de 9 de Julio 759.
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