ÚLTIMO MOMENTO
Dice que no se acuerda el número porque, sencillamente, en su casa no había teléfono fijo.
Dice que en el barrio no más de tres o cuatro vecinos lo tenían. Y que había uno, al que llama -lo recuerda clarito- don Carmelo, que tal vez porque tenía una despensa obtuvo una suerte de privilegio para el adelantamiento: fue el primero de la cuadra al que Entel le puso el teléfono.
Dice que el aparato era celeste. Y robusto. Los números, grandes, de color rojo, resaltaban contra el fondo blanco.
Dice que él empezó a entender qué cosa era el capitalismo el día que don Carmelo cometió un acto impensado: le puso candado al teléfono. No sabe -porque dice que él era chico- si tal acción se debió a un uso y abuso del teléfono por parte de los vecinos o de la familia. Pero, sea como sea, el candado, el hecho de encadenar el disco, le dio una primera imagen, a sus siete u ocho años, de lo que era el mundo. Dice que se enteró por la indignación de su madre: "¿Podés creer que ese tano roñoso le puso candado al teléfono?", le dijo a su padre.
Dice que en ese exacto momento él comprendió la naturaleza del mundo real. Compuesto por los que tenían teléfono y los que no tenían teléfono. Pero -sobre todo- por los que, sin reparar en cierto código de urbanidad compraban un candado para limitar las llamadas, tanto de los integrantes del hogar como por los vecinos.
Dice que el candado -no el teléfono- era el verdadero poder. Y que ese objeto de alguna manera proyectaba otras figuras más o menos literarias asociadas a la narrativa del poder.
El candado era como el dueño de la pelota en el potrero. El candado era como el viejo amargado que clavaba las botellas rotas con los picos de punta en la medianera de su casa.
El candado era como la urraca de batón que clausuraba la canilla del jardín para que los pibes no pudieron inflar los globos en carnaval, o meramente llenar los baldes con agua.
Dice que sus padres pidieron el teléfono y que pasó el tiempo y un día se cansaron de esperar. Semanas, meses, uno, dos años. Y que cuando estaba por llegar, a su padre ferroviario le vino un traslado, ese momento donde él tenía que empezar todo de nuevo: escuela, barrio, amigos, clubes.
Dice, por último, que un día le tocó volver a la ciudad. Y que pasó por el barrio de su casa sin teléfono. Estaba hecha una ruina, pero enfrente la tormenta del tiempo había sido más letal: de la casa chorizo de don Carmelo y su despensa no quedaba nada.
Ni el candado del teléfono quedaba.
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