ÚLTIMO MOMENTO
"¿Los qué?", me dice un lector que todavía no se enteró. Los therians, le digo. Adolescentes que se creen animales. "Vos me estás jodiendo", me dice y está claro que no. Ocurre que mi ocasional interlocutor es un hombre que vive en el paraíso, o sea fuera de las redes sociales.
Y no. Está claro que no lo estoy jodiendo. Nos guste o no, así están las cosas. Ahora también tenemos a los therians. Y, como no estamos en Marte, a pesar de la probada insularidad serrana, la nueva especie ha llegado a Tandil.
Lo primero que uno debe hacer es preguntarse: ¿qué nos quieren decir? ¿Qué cosa de ellos se les rompió en un país donde los rotos confirman la mayoría silenciosa?
Una conjetura es que los therians están disconformes con los humanos, o con la sociedad en particular o con su época. O más precisamente: son personas que se identifican espiritual o psicológicamente como un animal no humano. Me pregunto quién no está del tomate contra el mundo, pero bueno: algunos se indignan, otros se encierran en sus casas a mirar televisión, otros hacen política o van al psicoanalista, con esto que podríamos volver a llamar el malestar de la cultura.
El caso de los therians es singular: para hacer ver su rechazo al ser humano del siglo XXI han decidido mutar de especie: se han vuelto animales. La IA los define así: un therian siente que, en su interior, es un animal (llamado theriotipo). Parece que osos, ciervos y gatos son la elección más común. Y como cualquier cosa que nace -un club, una sociedad de fomento, el consorcio de un edificio- han decidido presentarse en sociedad, por un lado, y conocerse a sí mismos, por el otro. Allí estarán el 19 de febrero en la Plaza del Tanque.
"¿Vos decís que me puedo cruzar con pibe que irá por la calle disfrazado de gato?", pregunta mi ocasional interlocutor. Sí pero además esto: creyéndose que lo es. Es decir negándose a formar parte de la humanidad y de la condición humana. No parece un chiste.
"Qué raro está el mundo", me dice. Otro lector se la toma un poco más melodramáticamente: "Hay que hacer algo porque vamos a la extinción". Y otro, con un dejo de nosta-bostalgia revisa su propia existencia: "Pensar que yo a esa edad era un papanatas que intentaba colarme en los asaltos". El último lector con que hablo del tema, un sesentón ex compañero del Colegio San José, no parece reparar en las indagaciones de Freud ni en Lacan para abordar el tema sino en la severa pedagogía paterna: "Si yo volvía a mi casa con una idea de éstas mi viejo me la borraba de una sola patada en el culo". El tema es que eran otros padres y son otros hijos.
Pienso en un baile extinguido: el baile de disfraces. En algún momento eran la sensación, el baile más esperado. ¿Quién no alquiló un disfraz en Casa Génova, en la última frontera de la Avenida de los Tilos? Los therians tienen algo de eso pero peor: si antes la careta iba de joda ahora va en serio. Para los therians el disfraz no es un pasatiempo sino que resulta constitutivo de su identidad.
El último que apague la luz.
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