Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
El gordo lee la contratapa de El Eco, más precisamente lee la sección "20 años". Y, para su asombro, allí se encuentra. "No puede ser", dice como para sí mismo. Los dos amigos que lo acompañan en la mesa no perciben su inquietud. El gordo se ajusta los lentes, como si buscara enfocar con precisión los ojos en el papel. Y después de tres lecturas se convence.
-Hace 20 años intenté cruzar la Cordillera de los Andes a caballo... -dice, con amargura.
Los otros lo miran, entre escépticos y divertidos. Desconocían esa fase del gordo que ahora dobla el diario en dos y queda sumido en un silencio abisal, como si lo que acaba de leer lo hubiera llevado a una dimensión desconocida. Uno de los tipos de la mesa le pide el diario para corroborar la hazaña inconclusa.
-Che, es cierto -dice. Y después lee en voz alta la viñeta que habla de la expedición. Parece que eran unos quince tandilenses que recrearon en mulas la gesta patriótica de San Martín. Catorce lo lograron pero uno tuvo que volverse.
-¡Eras vos! -le dice divertido, a punto de gozarlo, al gordo de lentes que ahora parece haber vuelto a revivir aquel calvario.
-Te aconsejo que no me cargues -dice, y los otros toman al pie de la letra la sugerencia.
Sin embargo, la viñeta de lo ocurrido hace veinte años que comunica la contratapa de El Eco no dice lo más importante, al menos para los amigos del cabalgatero frustrado que ahora en la mesa del bar Ideal procuran guardarse las bromas, no vaya a ser cosa que aparezca un ataque de ira o algo así del gordo sanmartineano. Pero en un instante no van a poder contener las carcajadas cuando el hombre les informe por qué, ya en plena expedición, ya adentrándose en las arideces de la Cordillera de los Andes, debió resignar la marcha y -sin más-, pegar la vuelta.
-Fueron las almorranas -dice el gordo.
-¿Las qué?
-¡Las hemorroides, carajo, las hemorroides! El roce de la montura con el culo me hizo ver las estrellas.
Los dos amigos, al borde del estallido hilarante, preguntan por qué las ha llamado así.
-Porque San Martín también las sufría. Almorranas, las llamaba él entonces. El Libertador cruzó los Andes con las almorranas al rojo vivo, pero bueno, por algo fue lo que fue, ¿no?
Los dos amigos no pueden más y un ataque de risa sale de la mesa y su onda expansiva se extiende a las mesas de los demás parroquianos vecinos. El gordo se levanta, paga y se va.
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