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Esa casa

Dice que a ojo de buen cubero -tal la expresión coloquial que usa- la casa debe tener algo así como setenta u ochenta años de construida. O más.

Dice que no conoce en absoluto la historia de la casa, ni del barrio, ni de nada de lo que la rodea, sino que está allí, detenido en la vereda de Chacabuco a pasitos de Constitución, porque algo le llamó poderosamente (así lo dice, subrayando el adverbio) la atención.

Dice que en verdad fueron no una sino dos las cosas que pensó en cuanto se tropezó con la casa.

La primera, su rareza.

La segunda, que todavía siga en pie.

Dice -y es muy sencillo de colegir- que él no es de acá, de la ciudad, sino que llegó hace poco menos de cinco años, pero que ese tiempo le ha bastado para sentirse de acá, no sabemos si como un vecino más pero sí con la debida autoridad del que ya algo conoce del territorio como para sentir que pertenece a él.

Pero esto que hasta hace unos minutos era una certidumbre -creer que con cinco años de residencia ya podía ser uno más del resto- ahora, mirando la casa, desconociendo en un todo absoluto su origen (quién la construyó, quiénes vivieron allí, quién, si lo hubiera vive aún y, sobre todo, cómo no cayó todavía en manos de la piqueta), ahora, dice, todo su saber está en duda. Porque de la casa en sí no sabe absolutamente nada. Aunque, aclara, le gustaría saber algo, porque esa casa, dice, como La Pagoda China, así con mayúsculas, son ese tipo de casas que tienen una historia detrás.

Y dicho esto se aleja de la casa unos metros, le apunta con el celular, le saca una foto (por las dudas, porque hoy está y mañana no sabemos) y pregunta si uno, por casualidad, sabe algo de esa casa tan extraña, tan rara, dice el hombre que habiendo vivido más de media vida en Caballito ahora reside en un departamento de los tantos que se han venido levantando en la ciudad.

Y uno le dice que sí, que algo sabemos sobre esa casa tan antigua, a la que se la bautizó con el nombre de "Santa Teresita", tan contra corriente, tan laborosamente erguida aún entre nosotros, frente a la plaza de la infancia, al lado de lo que durante muchos años fue una estación de servicio donde al sereno le pagaban para dormir, esa casa que viene de lejos, del siglo pasado, de cielo y las nubes del ayer.

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