ÚLTIMO MOMENTO

Del padre y del hijo

Veinte años después por fatiga de material colapsa un electrodoméstico de la casa. El hombre va y compra uno nuevo. Tiene una garantía de dos años, pero al otro día de instalado el aparato falla. Del comercio donde lo compró le envían el técnico que repara esa marca. Hasta ahí todo normal, dentro del módico disgusto que nos propone comprar algo nuevo y que no funcione.

Llega el técnico y empieza a reparar el aparato. Debe andar por los cincuenta y pico. Es locuaz, le gusta la charla mientras hace su trabajo. Dice que hace treinta años que se dedica a lo mismo y que también tiene su negocio propio. Que empezó solo, como cuentapropista, y que de a poco fue creciendo. El diamante de la recomendación lo fue posicionando en el rubro. Eso y saber hacer su trabajo.

Dice que hace un tiempo se le ocurrió sumar a su hijo al negocio. Venía bien para la demanda del trabajo y era de su propia familia. Que el hijo entró a la sociedad poniendo 14 mil dólares. Dice que la cosa no funcionó. No el negocio en sí, sino la relación. Formas distintas de trabajar, otra mentalidad. Él que lleva toda la vida; su hijo que recién arrancaba. El tema es que la cosa no anduvo. Un desgaste en la relación que derivó en lo que sucede en esos casos: tomar decisiones. O, mejor dicho, una decisión: volver a quedarse solo, disolver la sociedad.

Dice que entonces había dos posibilidades: que su hijo le vendiera su parte a un tercero o que él se la comprara. Decidió esto último. Se la compró, pero su hijo le pidió 17 mil dólares. Qué él le pagó igual. Que, al momento de pagarle, le dijo al hijo: "Vos sabés que no eran 17 mil, sino catorce, pero no hay problema, acá los tenés". Dijo que la charla fue tensa y que el hijo argumentó que su parte en la sociedad había hecho crecer el negocio, por lo tanto ese era el dinero que debía devolverle. Dice que él le dijo al hijo lo que hubiera preferido no decirle: que la llave del negocio valía por lo que él, su padre, tenía: relaciones, contactos, todas las empresas de electrodomésticos que le mandaban trabajos por su nombre, por su reputación como service, y que ese era el valor comercial del negocio. Dice que le dijo a su hijo: "Que sin todo eso que me gané yo el negocio no valdría nada".

Dice que igual le devolvió su parte, dólar por dólar, incluido los tres mil de más que debió pagar. Que para eso vendió una camioneta que tenía. Y que luego siguió solo con el taller de reparaciones. Dice que ahora está alejado de su hijo. "No me corresponde a mí que volvamos a hablar", dice mientras va terminando la reparación, que era una cosa de rutina, incidentes que suelen pasar con los aparatos nuevos.

Se pone de pie y dice a modo de pregunta: "¿Usted qué piensa?". Escucha en silencio la respuesta: "Que no hay que hacer negocios con los hijos". Dice que eso tal vez sea cierto, pero cuando cierra la caja de herramientas, cuando extiende la planilla para que el dueño del electrodoméstico firme que recibió el service y que el aparato fue felizmente reparado, y cuando por fin sube al auto y enciende el motor, ya no habrá de escuchar más nada, porque lo que el dueño del electrodoméstico está pensando -aunque por educación no lo dice- refiere a una especie de tristeza muda. Porque le parece inentendible y hasta demencial que un padre y un hijo se hayan distanciado por dinero, por un negocio que salió mal, en un mundo horrible donde precisamente lo único que nos va quedando es la felicidad de los hijos, y ese fundamento moral que muchos padres heredamos de la estirpe de nuestros propios viejos: eso de que seguiremos siendo padres de nuestros adorados hijos hasta el último día de nuestras vidas.

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