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Historias desde el Bar Ideal: Ira.

Por la ventana entreabierta del bar se escucha la voz del tipo. Habla una octava más arriba, al borde del grito. Le habla al aparato, a la prótesis de la mano. Lo que sobresale es el tono, tosco, y los gestos: no puede estar quieto. No puede concebir la idea de hablar establecido en el perímetro de una baldosa. Va y viene, un metro a la derecha, otro metro a la izquierda. De vez en cuando emprende un giro brusco: queda hablando enfocando la plaza o el Banco Nación. Está visiblemente ofuscado.

De golpe dice: "¡Pero me tenés que pagar!".

Clarito, es lo único que se escucha.

Tenemos entonces un hombre al que si en ese momento le midieran la presión y el pulso, estaría por arriba de los indicadores normales. Lo raro de la imagen es la zona que ha elegido para su catarsis. Es la vereda, frente al bar, sobre Rodríguez. Pero no es la vereda en proyección. Es el lugar que eligió para detenerse. ¿Por qué? Todavía no lo sabemos. En esos dos metros cuadrados donde sucede su ira, yendo y viniendo con el celular pegado a la oreja, está la zona de su realidad. Deducimos que se encuentra hablando con alguien que le debe dinero y al que, de una manera un tanto extrema, brusca, tal vez ya habiendo agotado toda la poca paciencia que por edad (unos sesenta años) le queda en el tanque, intenta lo único que ahora quiere: cobrar.

Luego, cuando el monólogo parece agotado, cuelga a la manera del celular. Sin el brío antiguo de lo que significada colgar rudamente el teléfono, descargar el tubo contra el aparato, a la manera del portazo que produce el que se va. Es decir que cuelga pero deslizando un dedo tembloroso por el vidrio del móvil. Recién entonces encontramos la razón de la zona en que se detuvo y allí estuvo durante toda la charla. Todavía con la cara enrojecida por el altercado telefónico, entra al bar. Todavía con la secuela del tembleque de la ira, la resaca del disgusto, busca una mesa y la encuentra. En la mesa está, suponemos, su amigo. Se sienta, respira hondo, intenta bajar la adrenalina.

Entonces el amigo, didácticamente, historiza (si se me permite el término) otras instancias más o menos parecidas del rubro altercados en la vía pública. El tipo le dice que lo que acaba de vivir no fue un altercado en la calle, dado que él no se peleó con nadie. Fue un altercado a lo sumo telefónico, concede. El amigo le dice que para el caso es más o menos igual. Y le recuerda una historia. Te acordás de fulano de tal, le dice. Era un buen tipo, trabajador, laburante, linda familia. Un día chocó en la calle, un típico y pedorro choque contra otro coche. Se bajó, enfurecido. Discutió con el otro tipo, se volvió a su auto, se sentó y eso fue lo último que hizo: un infarto se lo llevó del choque al cementerio. "Se murió de rabia, de ira. ¿Entendés?". El otro se lo queda mirando y un silencio largo y espeso se instala en la mesa. Luego ambos piden un café, cambian de tema, hablan de la estatua de Gallardo, y el bar terapéuticamente relaja al enfurecido hasta sacarle la primera sonrisa de la mañana.

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