ÚLTIMO MOMENTO
Hay quienes sostienen -con su lado de razón- que las estatuas deben hacerse en vida del que merece tal homenaje. Los egipcios le dieron el concepto de eternidad y los griegos la idea de belleza.
Como de historia del arte no sé nada, sólo supongo que la estatua en su génesis fue concebida como tributo para la posteridad del estatuado. Está claro que el narcisismo y el yoísmo desbocados produjeron engendros mayúsculos, como por ejemplo que gobernantes y dictadores se mandaran a hacer estatuas de sí mismos. Tuvieron la estatua en tiempo presente y a demanda de su ego.
Pero por lo general, la estatua referida a próceres y hombres cuya estatura singular (de ahí el término) fueron levantadas cuando ellos ya eran historia, es decir unos cuantos años después de estar bajo tierra.
La estatua en tiempo presente es un problema, aun cuando el estatuado no la pida, aun cuando no la quiera, aun cuando no la merezca. Es un problema por un actor elemental en la naturaleza del cosmos: el tiempo pasa, la vida sigue, y eso que podríamos denominar como los accidentes del vivir, sus acaeceres, sus mínimos y máximos acontecimientos también incluyen al estatuado. A él también le pasan cosas después de ser estatua.
En ese momento ocurre una severa colisión entre lo que fue y lo que es. Por eso, los que defienden al hombre de la estatua en vida manifiestan su credo de fe diciendo que ninguna adversidad podrá manchar la estatua, que nada de lo peor que le pueda suceder al estatuado salpicará la gloria de su esfinge.
Otros, con un poco más de realismo, advierten el pequeño problema que nos propone el choque de materiales, como el que se produce entre el bronce y la carne humana. Juntos no maridan. La estatua, para constituirse como tal, necesita de la perspectiva del tiempo, de la legitimización de la posteridad, o, para decirlo de otro modo: de la ausencia definitiva del estatuado, porque sólo las estatuas no se equivocan, ni sufren, ni erran, ni se contradicen.
No hay, que se sepa, estatua derrotada. La derrota, con toda su dignidad y su mala prensa, acontece lejos de la dimensión de la escultura, acontece entre los mortales.
La estatua de Gallardo también es un problema para quienes lo idolatran. ¿Cómo pudo equivocarse el Mejor de Todos? Sencillamente no lo admiten, por eso ahora los malvados más malvados del mundo son los jugadores que el propio técnico eligió. La estatua luce perfectamente feliz en sus días de gloria, intocada a las desdichas y a las amarguras. Pero si pudiera hablar, si le dieran el don de la voz, la mímesis de Gallardo recordaría de un tirón ese parrafito del monólogo de Hamlet, el del ser o no ser ahora que la vida lo arrojó unos pasos más allá de su propia escultura.
APORTA TU PENSAMIENTO
Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.