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El astronauta de Dipi

Me pregunta un lector cómo podría imaginar la vida de Jorge "Dipi" Di Paola en la ciudad de hoy, es decir casi veinte años después de su muerte. La respuesta es previsible: resulta inimaginable. A lo sumo hoy Dipi viviría -como algunos otros personajes que rozaban los bordes- en un No Lugar.

Esa ciudad que caminó, esos bares que frecuentó, esas charlas, esos proyectos, esa atmósfera, se desvaneció para siempre. Fue el primer escritor performático, el que nos enseñó a leer, y el que hizo de su propia vida su obra, hecha de muy pocos libros escritos, y de infinidad de relatos orales narrados en voz alta, porque ese fue su mundo: la oralidad pura que los bares -y el whisky- inspiraron.

Nunca está bien citarse a uno mismo, pero una de las formas de explicar a Dipi es a través de sus actos. Conté en Huyamos de aquí (su retrato biográfico) que ni siquiera en los momentos más difíciles (y conste que vivió su final casi en la indigencia) perdió su sello: la burla, la risa hacia adentro, la joda incómoda, sobre todo si venía potenciada con unas copas de más.

Así debe leerse el episodio del astronauta costarricense quien tenía cara de cualquier cosa menos de astronauta, y que llegó a Tandil a dar una charla en el Salón Blanco del Municipio, en un evento organizado por la Unicen. El hecho todavía se recuerda porque, más allá de lo políticamente incorrecto, el exabrupto de Dipi tuvo que ver con su idea de la verdad. Y de satirizar la verdad del relato impuesto con la provocación como rasgo gombrowciano. Díaz era el apellido del astronauta. La galanura del Salón Blanco denotaba la importancia del visitante. Hacía calor y una pequeña multitud desbordaba el recinto. El cosmonauta, acompañado por personalidades representativas del quehacer local, ocupó el atril. Y se dispuso a hablar.

Como supo contarle un testigo presencial del hecho al vecino Guillermo Cisneros, "apenas se lo presentó, la figura del cubano sorprendió a los presentes ya que no representaba el ideario colectivo de un cosmonauta, digamos que era más bien una versión algo más oscura de nuestro Carlitos Balá que sonreía a diestra y siniestra. Apenas se lograron disimular algunas risitas entre los presentes cuando se oyó subir pesadamente la escalera a un personaje vernáculo muy conocido, el querido Dipi Di Paola (...) "El Dipi venía de corrido probablemente desde la noche anterior. A los varios whiskys que traía encima, agregó una rama de naranjo que cortó de la plaza a la pasada y había colocado cuidadosamente en el ojal del saco marrón que tenía casi encarnado (según dicen lo tenía puesto desde que fue encontrado tiempo atrás en el interior de un ropero comprado en un remate de Wenceslao Fernández).

"Haciendo equilibrio entre las filas de sillas y la pared se fue acercando lentamente sin quitar la mirada al invitado. Mientras este hablaba, en un determinado momento dirigió su mirada a los asistentes y descerrajó a boca de jarro: '¡¿Este es el astronauta??!! ¿¿¡¡Con esa cara de boludo!!??'. Según los testigos ni alcanzó a terminar la frase cuando dos de seguridad lo calzaron uno debajo de cada axila y de espaldas lo arrastraron escaleras abajo resonando los talones del Dipi con cada escalón mientras no paraba de reír".

No era un mal educado, aunque tenía una curda árida. De lo que se rió esa noche fue del estereotipo, del molde, de la máscara. Para todos nosotros -él incluido- un astronauta tenía que representar el linaje de Neil Armstrong. Así lo vimos en la Luna y luego en la Tierra. Dipi se había reído del país de Hollywood, de su narrativa artificial (por no decir infantil), el mismo país que hoy anda tirando bombas por el mundo.

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