Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
El primer botón de la camisa, cerrado, es una señal. Cerrado y sin corbata. Cualquier hombre lo sabe. A riesgo de que se considere una postura excéntrica, hay un rasgo de identidad que representa la elección del cierre del primer botón, siempre y cuando estemos hablando de una camisa sin corbata.
El primer botón es, para empezar, rareza. También cierto disloque con el mundo, cierto matiz que cruza lo antiguo con lo excesivamente formal, un exceso de prudencia, un rasgo propio del timorato. Ya sabemos que el segundo botón abierto es pura jovialidad, el tercer botón es gordura y descuido, y el cuarto botón abierto es la Aspiración Sandro, es decir el grotesco puro.
Ahora cuando alguien aparece por la mesa de consulta con una camisa enteramente blanca y su primer botoncito cerrado, oprimiendo la garganta, atenazando desde abajo la nuez de Adán, cuidado.
Eso me dije cuando el hombrecito cruzó todo el salón del bar, fue hasta la mesa del fondo, y musitó, con una voz al borde de la inaudible, su permiso para sentarse.
Hace rato que no aparecía alguien por la mesa, de modo que recordé las reglas del juego: el que se sienta paga el café.
-Lo sé perfectamente -dijo. Luego carraspeó.
Dijo que era jubilado, que tenía 75 años, que había enviudado hacía ya siete largos años y que desde ese instante su vida prácticamente había sido la de un hombre de vida monacal.
-Pero no está en un monasterio, amigo. Está acá, en el Ideal, en la ciudad, entre la gente.
-Por eso mismo he venido a verlo -dijo.
Y trascartón dejó caer la historia más reciente sobre la mesa: contó que él es un hombre de otro siglo, que nunca usó redes sociales ni ninguna otra cosa por el estilo, y que todo su pasatiempo es pasear con sus nietos. Que precisamente en uno de esos paseos, en la Plaza de las Banderas, conoció por puro azar a una mujer y que esa mujer tiene veinte años menos que él. Que empezaron a charlar y que así ha seguido la cosa hasta estos días, charlas al aire libre, lindas, agradables, con expectativas, pero que lógicamente a él le pesan dos cosas: 1) la diferencia de edad, 2) la sospecha, el temor.
-¿El temor a qué cosa?
Había supuesto que me hablaría del riesgo de no dar la vara en la catrera, pero lo que dijo me dejó completamente anodadado.
-No, señor. El temor a que ella sea una Viuda Negra.
-¿Me está jodiendo? -le dije.
-No, para nada... Es que si uno mira televisión hay cada vez más casos de esos. La viuda negra entra a la casa, te duerme, roba todo lo que encuentra y hasta puede asesinarte.
Suspiré. Llamé a la moza. Le dije que el señor, de acuerdo a las reglas, pagaría los dos cafés. Se apuró a sacar la billetera. Y quedó con la boca entreabierta, como petrificado, cuando me acerqué, le abrí el primer botón de la camisa, y le dije que se entregara a la vida, al placer y los regalos del Santísimo. Que vaya corriendo a la Plaza de las Banderas donde ella tal vez todavía lo esté esperando.
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