ÚLTIMO MOMENTO
Ciento setenta kilómetros separan a Laprida de Tandil. Es una ciudad pequeña, con apenas 13 mil almas y dos cuestiones célebres para su historia, empezando por el nombre que se le dio al fundarla: alude al prócer Narciso de Laprida. Presidió el Congreso de Tucumán del año 1816 que declaró la Independencia. Eso está en los manuales de las escuelas, pero otro texto famosamente lo venera: el "Poema conjetural" que le escribió Jorge Luis Borges.
La segunda cuestión es que entre los años 30 y 40 del siglo pasado un arquitecto e ingeniero desconocido para la mayoría de los argentinos pasó por Laprida, del mismo modo que lo hizo por Saliqueló, Urdampilleta, Saldungaray, Puán, Lobería, Cacharí, Carhué, Azul y unas cuantas localidades más. Ese hombre se llamó Francisco Salamone y hoy se ha convertido en un arquitecto de culto. Sus monumentales obras levantadas en plena pampa y en pueblos pequeños eran una excentricidad por entonces, y hoy tienen un inapreciable valor patrimonial, cultural y arquitectónico. Se han hecho libros con Salamone, quien a instancias del gobernador de la provincia, un tal Fresco, construyó esas gigantescas edificaciones de hormigón en tres rubros muy específicos: cementerios, mataderos y palacios municipales.
En Laprida, Salamone fue muy prolífico: además de estas tres gigantescas moles diseñó y construyó en la plaza del pueblo una fuente muy original. Al entrar a la ciudad por un acceso muy cuidado, entre árboles y ya dando la vara de la marca lapridense (una ciudad ejemplo del cuidado ambiental), el Municipio creó el Centro de Interpretación de la obra de Salamone, que aporta información a los visitantes que llegan tras los pasos del célebre arquitecto.
Visité Laprida por otra historia. Tenía que reconstruir la infancia y adolescencia del doctor Carlos Doartero, un hombre que murió a los 50 años (fue cofundador con el doctor Hugo Scarfone de la Clínica de Ojos), y que pasó esos momentos inciáticos de su vida entre las obras de Salamone. Entonces mientras recorría la ciudad y entrevistaba a sus familiares, los propios pobladores de Laprida dieron fe de una anécdota un tanto disparatada que contó Juan Forn en su libro La tierra elegida, donde le dedicó un largo artículo a Salamone.
Forn escribió: "Ni siquiera se sabe con qué criterio se elegía a los pueblos beneficiados. Hay anécdotas legendarias al respecto, como la que se cuenta en Laprida, un tal Martínez, que había llegado a intendente, interceptó al mejor estilo cuatrero el tren que llevaba más al Sur (aparentemente a Bahía Blanca) las piezas desarmadas de lo que sería el enorme frontispicio de la necrópolis local, y a punta de pistola ordenó: 'Este cementerio se queda acá'".
Leí ese libro hace algo más de cinco años pero recordé inmediatamente la anécdota cuando un familiar de Doartero, al comentarle la belleza del Cristo imponente que recibe a los finados y a los deudos en las puertas del cementerio, soltó: "Ese Cristo se quedó acá de prepo". Con lo cual repitió calcadamente una de las mejores anécdotas que dejó el paso de Francisco Salamone por los pueblos de provincia, cuando levantó alrededor de 40 monumentales edificaciones en menos de diez años, para luego no volver a construir nunca más nada.
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