ÚLTIMO MOMENTO
Es una foto de 35, de una muestra temática local abierta y reconocible, y sin embargo esa fotografía en especial tiene un efecto de embudo que en vez de filtrar, retiene. Los muchos vecinos que concurrieron a "Estar ahí", la exposición que Rody Becchi inauguró el sábado en el salón de Bellas Artes, venían girando en la contemplación fotográfica hasta que tropezaban con esa foto y se frenaban en seco.
¿Qué retiene la fotografía? Tal vez lo inesperado por lo que la toma representa, la inexorable convergencia de recuerdo más tragedia. Si lo mejor de la memoria es que elige ciertos olvidos (Borges dixit), bruscamente la imagen nos pone de frente contra lo olvidado.
No hay muertos en la foto, pero el enfoque (desde atrás) y en el centro de la imagen esos hombres que no parecen de este mundo, que caminan hacia un punto indefinido del paisaje suburbano, que van enmascarados como una patrulla perdida a plantar una trinchera humana en uno de los cruces por donde podía entrar el Enemigo, un murciélago chino del tamaño de un micrón (es decir el espesor de un pelo), esos hombres y aquellos días, en el último rincón de la Movediza, cuando ya se habían empezado a contar los muertos.
Quedan aún, seis años después, algunos rastros del covid en el paisaje urbano. Quedan las líneas de separación entre unos y otros en las veredas de los supermercados, y queda resonando algo patéticamente aquella fraseología repleta de sofismas: "Estamos todos en el mismo barco", se solía decir, o la más ingenua sentencia por su optimismo argento y fatal: "De la pandemia saldremos mejores". La foto de Alberto Fernández y su querida Fabiola de joda en plena cuarentena terminó de sepultar el silogismo.
Aquellos días fueron así: de encierro y pánico, de internación y vacunas, de muertos a los que no se los pudo despedir, de alejarse del pecado capital de la tos. El mundo con el freno de mano y en un pequeño valle de entre sierras, en el sur del hemisferio, una imagen se multiplicaba por miles: uno y el barbijo, uno y su circunstancia, uno y lo que le tocó. Quinientos muertos dejó la pandemia de coronavirus en la ciudad. Todos tenemos algún amigo dentro de ese número atroz.
En los meses más crudos había poca gente que podía circular por la calle. Médicos, policías, bomberos, personal de salud y periodistas. Y fotoperiodistas. Uno de ellos, hecho en la piel de la calle, dejó una foto para la posteridad. Pero ocurre que decimos posteridad y nos imaginamos la vida dentro de 50, 100, 200 años. Y no. La posteridad está mucho más cerca de lo que pensamos.
Eso pasa con la posteridad de una peste a la que -por necesidad, porque todo pasa, por el vértigo de estos tiempos- creíamos haber dejado en el pasado más distante, como la última y recóndita maldición enterrada en la vastedad del Universo. Pero no.
Esa gran foto de Rody y la pandemia, una de las 35 fotografías que se exponen en el MUMBAT, refuta la percepción del futuro: al abducir la mirada del espectador que se congela frente al cuadro, lo coloca otra vez in situ con la desgracia. O mejor: adentro de la desgracia, en la interioridad dolorosa de esa fotografía que bruscamente nos devuelve aquellos días que ya no son.
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