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Historias desde el Bar Ideal: Alarma y bomba

Roque lo veía venir desde el día anterior y por el motivo que más lo agobia de su amigo: el demoledor sentido común del Tucu. Lo veía venir pero -cosa rara- no se habían encontrado en el bar. Hasta hoy, martes, a las 8,30 de la mañana, cuando el Tucu, mirando largamente el cielo, dijo para su amigo y para todo el bar:

-¡Es una joda! ¿Dónde está la tormenta? ¿Qué pasa? ¿Los pibes lo entongaron al del servicio meteorológico para mandar una alarma trucha?

Roque iba a contestarle desde la razón pura. Iba a decirle que hay cosas que los ojos de la meteorología ven a la distancia -al fin y al cabo es una ciencia- y que los ojos humanos no registran. Pero se contuvo. ¿Cómo ir contra los necios? Lo quería a su amigo, no lo juzgaba nunca en público, pero a veces lo sacaba de quicio su pensamiento binario. Por ejemplo, éste: si no cae un meteorito, si no llueven ladrillos de punta, si no hay granizada ni ventarrón a 200 kilómetros por hora, entonces la alarma mintió groseramente.

-¡Y para colmo alarma naranja! -gritó posesionado el Tucu.

A Roque no le molestaba tanto esa planicie brutal del intelecto de su amigo, sino el agregado de componer escenarios demenciales, como por ejemplo una inefable conspiración entre el servicio meteorológico y los deseos del alumnado para que alguna de las siete plagas del apocalipsis se anuncie la noche anterior al turno mañana de la escuela.

-Nosotros éramos más creativos y nos jugábamos el cuero. Acordate, Roque: acá en el Ideal había un teléfono público y teníamos un solo cospel para avisarle al cura Crisóstomo (alias Zuzu) que habíamos puesto una bomba en el colegio. ¿O no? Eso hizo el Sapo Gentile en 1973 para hacernos zafar de una prueba, ¿o no?

Harto, Roque le dice que sí y le recuerda la respuesta del cura: "Pues entonces explotaremos todos", le dijo y colgó y ahí nomás se acabó la apócrifa amenaza. Ni siquiera llamó a los bomberos.

El Tucu guarda silencio. Le ha salido mal la revisión histórica de sus tiempos de estudiante en el Colegio San José. Pero otra cosa le está empezando a salir mal a medida que pasan los minutos y enmarcado en la ventana del bar el cielo empieza a mutar de ese azul claro que había a un gris que en minutos se hace grisura inquietante, luego vira al color negro propio del tormentón que se va armando allá arriba, mientras abajo, en la calle, empieza a ver gente que camina más rápido, como corrida por lo que se viene, una lluvia que primero es lenta, luego copiosa y luego a mares, tanto que el agua sube por las veredas del Banco Nación y del shopping infinito, mientras los parroquianos se olfatean una granizada y la alarma naranja de la noche anterior cobra cuerpo y realidad, un cuerpo líquido que moja y empapa, mientras el Tucu carraspea, llama a la moza, pide otra lágrima y decide cambiar de tema para intentar evitar su propio ridículo.

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