ÚLTIMO MOMENTO

50 años

Era miércoles, día laborable. Yo tenía 14 años y la memoria de ese día la tengo envasada al vacío: no puedo recordar un solo momento fuera de la imagen que -con el uso- pasaría a la categoría de icono: el helicóptero sobrevolando los techos de la Casa Rosada.

Ahora, ¿cómo puede ser posible? Un día que partió en dos el país, un día que inauguró su época más tenebrosa, un día que moldeó a mi generación. Porque buena parte de los que teníamos catorce años (a lo sumo quince) somos eso: hijos de ese día, hijos paridos por lo que entonces los diarios llamaron el "Proceso". También estábamos lejos de entender el significante de la palabrita. "Proceso", sustantivo latino que puede leerse como avance, hacia adelante, paso a paso. El tema era hacia dónde. Nos faltaba un tiempo para saberlo.

-La voltearon a la Berona -eso sí, recuerdo que dijo mi padre a esa hora de la mañana, las 7, en que solía prepararle a sus hijos el café con leche previo a la partida al colegio.

La Berona, porque así la llamaba a Isabel Perón, para un padre que había descubierto, en el 50, a pesar de descreer de la política, recién llegado de su Líbano natal, la maravilla de la carne asada que se comía en el primer gobierno peronista, la Berona, estaba frita, dijo. La voltearon los militares. Y también dijo que podíamos volvernos a la cama: el Proceso había suspendido las actividades públicas de todo tipo. Por eso, tal vez, esta ausencia de recuerdos. No hubo clases, las instituciones prácticamente cesaron de funcionar, por la cual la cosa era muy simple: sin escuela y sin club, ¿dónde ibas a encontrarte con tus amigos? El barrio era lo único que quedó vivo ese día.

A mis catorce leía la colección de aventuras Salgari, la colección de Bomba, el niño de la selva, y saltaba abruptamente para leer los cuatro tomos de la Crónica Argentina que había comprado mi madre, escrita por historiadores que practicaban el revisionismo. "¿El qué?", me había dicho en esos meses Pedro Lauro Castorino desde la tarima del aula del Colegio San José. Revisionismo, la historia revisada contra la historia oficial escrita, le contesté. Indescriptible la expresión de perplejidad del querido Pedro Lauro, que era militar, ante el pequeño zurdo inesperado: "No, señor, acá no aprenderá revisionismo", me dijo y siguió contando con gran maestría y trazando un croxis perfecto en el pizarrón la desgracia de San Martín en Cancha Rayada.

A los quince fue otra cosa: llegó Kafka y para mí, como para tantos, el mundo nunca más fue el mismo. Llegó también Borges, llegó Sábato con el pintor de El túnel. Y Whitman, Neruda y Cortázar. Y empezaron a llegar los discos, a los quince. Pero hay un abismo entre los catorce y los quince. El abismo de No Saber.

Por ejemplo: ese día, el 24 de marzo, un coronel llamado Zanatelli se había bajado de una tanqueta verde en el playón del Palacio Municipal, y así, marcialmente, había entrado al despacho del intendente Lester. "¿Quiere un auto para alcanzarlo a su casa?", le dijo Zanatelli. Lester se negó. Bajó de la pared, llorando, el cuadro de Perón y con Fedalto, su secretario privado, cruzaron a pie la plaza y se fueron a desayunar al Bar Ideal. El mozo los atendió como si tal cosa, como si no estuviera ocurriendo nada, justo ese día que estaba cambiando la historia. Cambiando y para peor, para muchísimo peor, porque ahora todos sabemos lo que iba a ocurrir a partir de ese día.

A la tarde se me dio por ir a cambiar unas revistas al gordo de "El Cambiazo", una linda cueva ubicada frente a la plaza (hoy local al lado de "Macanudo") donde uno canjeaba las revistas leídas (El Tony, D'artagnan, Intervalo) con otras por leer. Diez metros antes de llegar, de un camión verde bajaron unos militares. A los que veníamos por la vereda nos pusieron brazos arriba contra la pared. "¿Documentos?", me dijo una voz en la nuca. No lo tenía. "Volvé a tu casa a buscarlos, pibe", me dijo el milico. Desde ese día supe que no podría salir a la calle sin los documentos encima.

Han pasado cincuenta años. Se han muerto mi padre, mi madre, Pedro Lauro, los revisionistas, Videla, Zanatelli, Lester, amigos y enemigos. Sigue viva Isabel, la Berona, y Mirtha Legrand en su rumbo a la inmortalidad. Pero a todos nosotros se nos fue, por decirlo así, la vida entera, la juventud, los amores rotos, ciertas creencias, los trenes que no habrían de volver. Se pasó la vida, con su desolación y sus esplendores, todo se ha desvanecido en la bruma de la historia (aunque también escuchamos, citando a Julian Barnes, el susurro de la Historia). Todo se ha ido menos la conciencia de lo que ese día horrible despertó: la vereda por donde elegimos caminar contra la dictadura cívico-militar, la misma vereda de siempre, a la hora señalada.


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