ÚLTIMO MOMENTO
En estos días, a 50 años del golpe, se habla mucho más del escritor y periodista Rodolfo Walsh, asesinado el viernes 25 de marzo de 1977. Tener libros de escritores implica de alguna manera reconocer el derrotero de Walsh hacia su propia tragedia. Tres voces de la mejor narrativa argentina intentaron evitarla, algunos bastante antes del 77; otros más cerca, y todos ellos, al menos los tres escritores que aquí traemos, lo respetaron. Y hasta lo quisieron. Sin embargo, nadie pudo impedir lo que le advirtieron: que era tan asimétrica la pelea, tan catastróficamente desigual, que allí habría de dejar sus huesos.
El primer encuentro fue con Juan José Saer en París. Se reunieron en el Café de la Mairie. Allí hablaron muy respetuosamente del rol del escritor en la sociedad. Walsh ya estaba volcado a la militancia y la urgencia de la acción; de eso le habló a Saer, quien le planteó la autonomía del arte frente a la política. Fue en 1974, tres años antes de la muerte de Walsh. Aunque hoy parezca un anacronismo, en ese café ente ambos escritores se expuso la tensión entre salvar al mundo o salvar al lenguaje.
La segunda pista la da el programa "Historias Debidas", donde Osvaldo Bayer, escritor anarquista, libertario, le pide a Walsh, también con mucho respeto, que no entre en la lucha armada, en Montoneros, porque lo van matar a él y a todos. El diálogo entre ellos todavía se recuerda. Bayer le dijo: "No comprendo cómo vos sos peronista, si el peronismo no es revolucionario, es un populismo". Walsh le respondió con una frase que quedó grabada: "Sí, pero ¿dónde está el pueblo?". Para Walsh, el pueblo argentino era peronista, y él sentía que no podía hacer la revolución "desde afuera" o desde una torre de marfil intelectual, sino donde estaban las masas.
La tercera pista de cómo el escritor desoye la advertencia de sus amigos la da Ricardo Piglia y es tal vez la tesis más provocadora respecto a por qué Walsh decide ir a la lucha armada. Una dificultad novelística es la teoría pigliana. Tuvo que pasar mucho tiempo para que Horacio Tarcus escribiera Ricardo Piglia. Introducción general a la crítica de mí mismo, un libro que sale de una entrevista inédita que tuvo con Piglia y que debe a su pasión por reconstruir los lazos políticos e intelectuales de las izquierdas en Argentina. Es un libro precioso que con muy poca edición revela las largas conversaciones mantenidas con Piglia, y en donde en un momento aparece inevitablemente la figura de Rodolfo Walsh. Dice Piglia: "Mi opinión es que él empieza a escribir esta novela, con el inconveniente de estar financiado por Jorge (Álvarez), ve que la cosa no camina como ellos quieren que camine y se va para la política. Es decir que la política, la práctica, es a mi juicio una de las soluciones -bastante actual- a la sensación de inutilidad que produce la literatura. La literatura en sí misma como ideologización, como uno de los momentos de la ideologización de la experiencia literaria, eso que le pasa a Kakfa o Macedonio Fernández, una sensación de que estás haciendo algo que no sabés bien qué función cumple y para qué sirve y si sos un tipo con conciencia crítica siempre hay una cuestión con eso. Eso lo podés encontrar en los grandes escritores, porque es una cosa que surge de la propia práctica, es una ideología espontánea de la práctica, la sensación de lo que estás haciendo es un fracaso, y no sabés lo que va a pasar después".
También Piglia cuenta de su último encuentro con Walsh, en un café, en Once. Lo cuenta en los Diarios de Emilio Renzi (en el tomo Un día en la vida). Dice que Walsh ya estaba clandestino, camuflado como un jubilado para pasar inadvertido, y es allí donde Piglia percibe que Walsh había tomado una decisión irreversible. En ese bar se despiden.
Ciertamente, Walsh tenía claro qué iba a pasar después de su novela fallida, y nosotros no sabemos ni podemos imaginar la trama de lo que había estado escribiendo, porque ese manuscrito que no avanzaba fue saqueado por la fuerza de tareas que avanzó sobre su casa de San Vicente. Sí sabemos lo que hizo: cambió la novela por la epístola. Escribió la Carta Abierta a la Junta Militar, la despachó en varios sobres para la prensa y en distintos buzones de las calles de Buenos Aires todavía con las últimas palabras de la carta resonando en los oídos: "...fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles". Llevaba una pequeña pistola Walther PPK calibre.22 y la decisión de no entregarse si lo cazaban. Eso fue lo que pasó. En la esquina de San Juan y Entre Ríos, del barrio de San Cristóbal, fue acribillado por un grupo de tareas de la ESMA en plena vía pública.
Atrás, muy atrás y para siempre habían quedado sus charlas con Saer, con Bayer y con Piglia.
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