ÚLTIMO MOMENTO
El dato pintoresco lo cuenta el historiador Daniel Balmaceda. En 1850 no se sacaba a bailar directamente, sino que se le avisaba al "bastonero", que tomaba nota de los pedidos y organizaba las parejas. Días después de compartir este aporte con los amigos de Facebook me encuentro con un lector en la peluquería. El hombre que roza los 70 años me dice: "Usted no cruzaba la vía, era del centro, por eso no me reconoce".
Según su razonamiento en ese entonces las vías del ferrocarril ubicadas a metros de la Avenida Del Valle eran la frontera que separaba a una ciudad (Tandil) de una República (Villa Italia). Luego mi interlocutor describe sus rasgos de identidad: "Soy Héctor, pero en mis tiempos de gloria los muchachos me decían Sabiola Invencible". Le pregunto si era delantero cabeceador del Club Ferrocarril Sud. "No, así como me ve fui el más grande artista del cabezazo en los bailables de Unión y Progreso".
Su leyenda marca una estadística impactante: 2559 cabezazos con el 90% de efectividad. "Son números, nada más, pero explican lo que ustedes, los del centro, no podían hacer: prescindir de la palabra para acercarse a una mujer".
En cierto modo, de una manera sociológica un tanto reduccionista, el hombre reescribe un dato de época irrefutable en la cultura del bailongo: de la vía para acá a las mujeres se les llegaba con la palabra; de la vía para allá con el cabezazo.
Sabiola Invencible desglosa con detalle la técnica infernal que poseyó entre las damas a la hora de ejecutar el deseoso lance hacia la pista de baile. "Cabeceaba como un prestidigitador, lentamente, con un movimiento imperceptible y siempre con el volteo hacia la izquierda, hacia el lugar de la pista. Lo más importante no era el cabezazo sino la mirada. Y la actitud. La parada frente al objetivo también. No se olvide que había una cuestión de altura diferente: los tipos estábamos parados y las mujeres sentadas, esperando. Entonces había mucho de teatralidad en el ataque a distancia. Usted no podía cabecear a una mujer como si fuera un hecho normal, un acto como cualquier otro. Ni acercarse como hacían algunos chambones que iban hacia la mujer como si fueran a la parada del colectivo. No. El cabezazo debía reunir tres cuestiones para que funcionara: la postura varonil, la distancia justa entre la mujer y el varón, y la certidumbre de que usted la había elegido a ella por sobre el millón de mujeres que estuvieran en el baile y en el mundo".
Héctor Sabiola Invencible no tiene reparos en contar su triste final de cabeceador fulminante: "Fue una noche gris en Moreno y Arana. Me jubilé el día que le tiré el cabezazo a una rubia que se partía, pero salió a bailar la madre. Esa noche supe que me había llegado el retiro. Para mi orgullo, ese traspié fue como errar un penal con el arco vacío".
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