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La maldición de Fierro

La memoria lugareña guarda en un pie de página teatral lo que sin duda se consideró en nuestra comarca como una obra maldita por excelencia: el Martín Fierro. A los muchos fracasos que deparó el clásico de Hernández, se debe nominar el ostensible bochorno ocurrido durante cierta velada colosal en la década del 80.

Aquella noche un elenco local llevaba adelante la adaptación de la obra pero en versión danza dirigida por el vecino Amancio Díaz. Se trataba de un elenco de artistas vocacionales imbuidos en una obra que exigía un elevado costo de producción. La escenografía campera, el vestuario, la coreografía de la época, hacía de la obra un proyecto faraónico para los escasos recursos de las compañías vocacionales. Sin embargo, lo que suele faltar en infraestructura se suple con voluntad. Amancio Díaz había logrado hacerse de un elenco poco numeroso pero fiel a la hora de los ensayos y, sobre todo, del amargo padecimiento que suele acompañar a los artistas en su errático destino en la aldea: la sala huérfana, la prensa indiferente, cierta inquina de la competencia que no puede tolerar el éxito ajeno. Para colmo, Amancio había elegido el Teatro Cervantes, un ámbito espacioso, con quinientas butacas abajo y otros doscientos lugares en los elegantes palcos. Era un desafío temerario.

La noche del debut había unas escasas cincuenta almas que se habían aposentado para disfrutar del Martín Fierro local. La obra dio comienzo con Amancio sentado en medio del escenario, guitarra en mano, y la voz en off de Alfredo Alcón como el narrador de las peripecias del gaucho desertor. Entonces los magros recursos de producción dieron paso a un episodio de antología. Fierro debía luchar contra un malón indígena, pero el elenco tenía apenas a dos indios contantes y sonantes. Así que durante una escena imborrable, de unos cinco minutos de duración, los espectadores fueron testigos de cómo Fierro pasaba a degüello a un indio gordo y de anteojos, con el taparrabo de lástima y la peluca de Peinados Demarco. Y cómo a continuación ese mismo indio, que había caído fulminado, empezaba a retirarse del escenario disimuladamente, cuerpo a tierra, para volver a aparecer diez segundos después, como si fuera otro indio gordo, de anteojos, con la peluca y el taparrabos alucinante, que volvía a morir otra vez bajo el facón de Martín Fierro.

Al pobre gordo, el gaucho lo mató cinco veces seguidas, y era tal la enjundia que los actores ponían en el cuerpo a cuerpo que no se alcanzaron a escuchar las toses fingidas y las carcajadas culposas del público presente. Pero todavía a la obra le faltaba lo más tremebundo, el colmo de la maldición, lo que iría a convertirla desde esa noche en leyenda. Sucedió en el acto crucial donde Fierro se enfrentó a la autoridad. Un fortinero del ejército, dispuesto a detenerlo, salió al cruce de don Martín poniéndole un trabuco en el pecho.

-¡Tirá si sos macho! -le gritó Amancio, posesionado.

El fortinero Claudio Luna gatilló a quemarropa y el exiguo público que estaba presenciando la obra fue testigo de lo increíble: Amancio Díaz, con los ojos dados vuelta, cayó fulminado de espaldas en el escenario. Luego un borbotón de sangre se le dibujó en el pecho. Era un efecto de un realismo impresionante que derivó en un silencio de pánico en el que se hundieron el Fierro baleado, el indio gordo de anteojos y taparrabo, el resto del elenco y el público presente. El telón cayó de improviso y diez minutos después los desconcertados espectadores escucharon la sirena de la ambulancia acercándose al teatro. A Amancio Díaz lo retiraron en camilla. La bala de fogueo, por la cercanía del impacto, le provocó una herida considerable que lo alejó por un tiempo de las tablas y para siempre del papel de Fierro. Cuando se lo llevaron en camilla, un actor apareció en el escenario y comunicó la mala nueva a la magra concurrencia: "Un accidente imprevisto nos obliga a suspender la obra", dijo. Nunca más volvieron a reponerla.

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