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Un pedazo de atmósfera

Si Descartes en 1637 calibró el pienso y luego existo, a partir de 2007, con la creación de Facebook, las redes sociales le cantaron el retruco con posteo y luego veo. Pero lo primero es que me vean, aunque sea muerto. Y ver, lo que se dice ver, cuanto mucho me estiro a los diez o veinte segundos de un reel.

Así las cosas, nadie puede objetar un temita que hace rato empezó a sobrevolar sobre esa cosita mínima llamada humanidad. Advertir lo mínimo, lo nimio y lo prescindible de nuestra especie; pensar al planeta Tierra -podemos verlo de mil modos desde el afuera, desde el cosmos profundo- como un pequeño cascote flotando en el aire, una lágrima redonda milagrosamente colgada del hilo tendido sobre el vasto universo. Eso, tomar debida consciencia de lo que somos en tanto especie como individuo: un pedazo de atmósfera, como tan sabiamente decía Federico Peralta Ramos.

Aun así, a pesar de nuestra irrelevancia, tenemos que estar preocupados, sobre todo porque al cerebro humano se le ocurrió inventar la Inteligencia Artificial. Entonces empezamos a ver lo que se venía. Por ejemplo, las editoriales ya no tienen correctores; corrige la IA y luego el autor sobre un PDF (por eso los libros están repletos de erratas); las traducciones están en picada; traduce y muy mal el ChatGPT; paradojalmente, me dicen, algunos de los "teclas" que ganaban millones en la Industria del Conocimiento, empezaron a ver que sus pares crearon un monstruo que se los está comiendo crudos. Y así con todo lo que sigue.

Pero lo peor, lo realmente grave, está ocurriendo en la infancia. Porque que el tiempo de lectura de un adulto sea lo que dura un reel de Instagram, y bueno: ahí ya no hay remedio posible. La cosa se pone muy fulera con los niños y los adolescentes: el daño cognitivo que está provocando el uso de la IA (básicamente la esclerosis por falta de uso del lóbulo frontal, órgano del discernimiento, entre otras cuestiones), ha materializado el peor fantasma: el de la infancia y adolescencia zombie a fuerza de vitamina Tik Tok.

¿Esto es lo que hay? Esto es lo que hay. ¿Alcanza con desterrar el uso del celular en las aulas? Es un primer paso, pero insuficiente. Todo empieza en casa. Un plancito mínimo. Los chicos tienen que volver a leer y a escribir y a pensar por sí mismos. La imaginación de un niño es su mejor IA. Porque de lo contrario serán lo que vemos a diario en la adultez que agoniza arriba de un colectivo, en la sala de espera del médico, en los bares y donde sea: seres cooptados, inanes, por el celular -la prótesis de la mano-, abducidos en ese pedacito de atmósfera de vidrio, ajenos a todo y a todos, encapsulados en una vida antimolecular, irreal, y fantasmagórica.

En todo esto estaba pensando ayer de camino al lavarropas. Cuando el programa de lavado cesó, busqué la puerta y -por primera vez en diez años de uso- se negó a abrir. Forcejeé un poco pero no hubo caso. ¿Qué hice? Ir a la IA. Me dio 4 pasos para destrabar la puerta. Los cuatro fueron inútiles. El último era un dechado de ingenio arcaico: rodear la puerta con una tanza y tirar en contrario a las agujas del reloj. No hubo caso. Llamé al técnico. Vino. Probó el paso 1, 2, 3 y fue derecho al 4. Tampoco pudo. Finalmente logró abrir la puerta dándole de refilón con un destornillador. Es decir a pura maña. No es un arreglo, te la destrabé. Para hacer la reparación me tengo que llevar el lavarropas, dijo. Y se lo llevó. Todavía -todavía, recalco- la IA no nos venció en toda la línea. Pero no falta tanto.

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