ÚLTIMO MOMENTO

Historias mínimas: Nada

Al principio, cuando la casa se construyó, el lugar estaba destinado al garaje. Una casa de barrio en la subida de Gaucho Rivero, hacia los confines de Villa Laza. Una casa de trabajadores.

Luego llegó el auto. Primero un imperecedero Renault 12; luego un Fiat 1, pero de los más nuevos. Un progreso. La casa también progresaba. Pintura en el frente, plantas y finalmente -cómo no podía ser de otra manera- rejas.

Con el tiempo -no tanto tiempo- pasó algo extraño. El garaje apareció vacío. Ya se sabe de la opacidad que dejan las cosas que se van. El agujero negro. Los dueños habían vendido el Fiat.

Entonces el garaje perdió su razón de ser puesto que es obvio que quien construye una casa con garaje es para guardar allí el auto.

Y pasó algo más, algo que subvirtió totalmente la fisonomía de la casa: los dueños transformaron el garaje en una verdulería-frutería. A la casa entraban por la misma puertita del costado con que antes buscaban el garaje. Y ellos pasaron de vecinos a verduleros.

Así se fueron unos cinco años. La verdulería-frutería nunca tuvo nombre. Mucho menos esa decoración propia de las fruterías modernas. Era una frutería bien de barrio, con toda la genuinidad de su origen.

Hasta que hace algunas semanas el garaje volvió a aparecer vacío. Apenas una línea de cajones vacíos quedaban allí, arrumbados, acaso como testimonio postrero de eso que alguna vez fue.

El tema es que los días se suceden y el garaje no recupera su lugar en el mundo, su esencia, el espacio para el que fue hecho. Lo que pasó, como resulta fácil imaginar, es que la frutería-verdulería, de trabajar muy bien empezó a trabajar menos y luego muy mal. Y un día cerró.

Para dejarnos ahora este panorama de una parte de la casa de Gaucho Rivero y ese rectángulo vacío: no es ni garaje ni frutería.

Es nada.

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