Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
Lento con sus ochenta y pico avanza hacia mi mesa y en cada paso pareciera que los zapatos levitaran sobre el piso. Podría ser cualquiera de los tantos miles que aquí viven, aunque lo ajeniza una expresión vagamente espectral, como si todo él viniera del pasado, o como si fuera el pasado mismo. Se sienta. Llama a la moza, pide un café con leche y se presenta bajo el nombre de José Luis.
-Hay una historia que usted no contó -suelta, cómplice.
-Seguramente.
-Con Rulo y Ernesto acabábamos de salir de la colimba. Era el año setenta y pico. Y se lo podrá asegurar cualquier mozo del bar de esa época, éramos clientes fijos tres turnos por día. De cuando el bar estaba abierto veinticuatro por veinticuatro. Era una delicia, ¿sabe? Se mezclaba la clientela, es decir que ya para cuando estaba clareando entraban las chicas de Carita, el cabaret, con los que seguíamos colgados en el bar más algunos de los empleados de los bancos que venían a desayunar acá.
-¡Linda mezcla, eh!
-Hermosa, como la juventud misma. La vida era nuestra, la ciudad era nuestra, y el bar también. Sabíamos que se nos estaba acabando el tiempo de la vagancia, lo sabíamos. Y tal vez fue por eso que al Rulo se le vino esa idea loca a la cabeza.
-Cuente, cuente.
-La idea de afanar el banco.
-¿Cuál de los dos?
-El Comercial. Estaba más cerca y no sé por qué creíamos que en la bóveda habría más guita. Rulo había estudiado en la Técnica, conocía de máquinas y herramientas. Un día cayó con un mapa. Quería entrarle al banco como en las películas, con un túnel. Una cosa de locos. Veinte metros desde el kiosco de Carlitos Vitullo hasta las cajas del Comercial, un túnel muy accesible, decía para entusiasmarnos. De los tres el más leído era Ernesto que se la pasaba justificando el afano con una fase de un tal Brecht, o algo así, esa que dice que robar un banco es un delito, pero que más delito era fundarlo.
-Ajá, ¿y entonces?
-En la mesa pegada a la nuestra cafeteaba siempre con sus amigos el gerente del banco, un tal Méndez. Un día sentimos que nos estaba mirando, que no nos sacaba la vista. Y empezamos a perseguirnos con que se había enterado del plan. Fue como un baño de realidad, ¿no? Es decir que nos cagamos hasta las patas, porque chorro se nace, supongo. Y a la semana saltó que otro túnel cruza el Ideal, que era el que Martín Rodríguez mandó a hacer como salida de emergencia del fuerte para cuando vinieran los indios. La cosa se había complicado. Así que una madrugada acá mismo, en el bar, nos reunimos para cancelar la idea. Luego cada uno hizo su vida: yo me hice martillero, Rulo se hizo electricista y Ernesto fue a parar a la Metalúrgica.
-Tiene razón, no conocía esa historia -le digo.
Nos quedamos hablando de bueyes perdidos mientras desde el fondo del bar se vislumbra lo que ya no está: el banco Comercial, la mesa de Rulo, Ernesto y José Luis, y el gerente de la paradoja: muchos años después el que terminó preso no fueron los aspirantes a chorros frustrados sino él mismo, pero esa es otra historia.
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