ÚLTIMO MOMENTO
Dice que él nunca fue un tipo leído, en parte porque eran otros sus gustos, en parte porque tuvo que trabajar desde muy pibe.
Dice que aún a pesar de eso, de no haber leído un solo libro en su vida -o sí, corrige, uno: Platero y yo-, a pesar de eso, a él lo salvó una frase que leyó, increíblemente, dice, porque esa frase podría haberla encontrado en una biblioteca, en la universidad, en cualquier lado donde está la cultura, menos ahí, dice. En la pared de un baño.
Dice que era el baño de una estación de servicio. Dice que él trabajó toda su vida de visitador médico. Dice, guiñando un ojo, el qué dirán del visitador médico: Persona odiada por todos los pacientes que aguardan al doctor. Porque nosotros, los valijas, dice, solíamos tener prioridad de paso. Difícilmente un médico te iba a hacer esperar, dice.
Entonces dice que venía por la ruta, la 226 a la altura de Cañuelas, cuando supo que no iba a poder llegar a destino sin tener que bajar de la ruta, aparcar en una YPF y buscar el baño.
Dice que la frase lo sorprendió no sólo por lo que decía sino porque como él es de chorro largo y encima tiene un leve retardo prostático (cosas de la edad, tarda un poco más en vaciar la cantimplora, dice, y se ríe), entonces debía quedarse de pie frente al mingitorio hasta que se fuera la última gotita, razón por la cual el tiempo de lectura de la pared del baño -un baño bastante precario, dice- se extendía más de lo común. Y que por eso mismo, lo del tiempo urinario extendido, pudo leer todas las otras frases que manos anónimas habían estampado allí.
Y claro, dice, imagínese, una colección de grafitis inentendibles y frases procaces. Eso fue lo que venía leyendo. Por ejemplo: "en caso de incendio...salir cagando", o esta otra más poética: "el pedo es el alma de un poroto que se fue al cielo"; o esta otra tan lamentable: "por más guapo que sea... aquí el que no caga se mea". En fin.
Dice que ya estaba por abandonar la lectura cuando la vio, por arriba de la línea de los azulejos. El tipo que la escribió era de cajón alguien alto, y le costó bastante llegar a leerla. Lo salvó la buena letra del fulano. La frase decía: "Deseo poco y lo poco que deseo lo deseo poco". Dice que la frase no tenía firma, pero dudó mucho de que fuera un anónimo. Así que salió del baño, entró al auto, abrió la valija y anotó la frase que la venía repitiendo de memoria para no olvidarla.
Dice que después se enteró de que esa frase la había escrito San Agustín. Dice que Agustín debería ser el santo de los jubilados, porque un día pasó eso: dejó la valija de visitador médico y se jubiló. Con la mínima, 480 mil, que le da, es cierto, un rigor material exacto a la frase, más pragmático que filosófico, porque uno y su jubilación, mi estimado, son eso, dice: un desear poco, ¿me entiende? Un desear mínimo, un desear algo y descartarlo de inmediato. Por eso, dice, yo deseo poco y lo poco que deseo lo deseo poco.
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