ÚLTIMO MOMENTO
Juan Manuel Alonso como auténtico precursor del taxi fundó la emblemática parada de Rodríguez y San Martín. Fue tanta la visión que tuvo sobre esa parada que al momento de dejar el volante, a los 80 años y después de un choque menor que lo convenció de que debía jubilarse, les dijo a sus cuatro hijos: "Cuiden esta parada que es una mina de oro." Los hijos respetaron a rajatabla el mandato paterno.
Está claro que Alonso al extender la tradición del taxi a sus cuatro hijos, convirtió a la parada del viejo Correo en un clásico de los clásicos al comando de sus automóviles, que siempre fueron de la misma marca para los cuatro, aunque cabe la aclaración: empezaron la actividad con un solo taxi y luego, a medida que progresaban, fueron comprando el resto de los automóviles.
(...) La memoria popular, más cercana en el tiempo, suele evocar la última marca con que se los vio: el célebre Torino, de color blanco, cuya salida al mercado provocó un gran impacto cuando ganó las calles de la ciudad. No era para menos: los Alonso compraron el primer Torino que llegó a Tandil y eran tan meticulosos en el cuidado y tan conocedores de la mecánica del automóvil que hasta le hicieron colocar una barra estabilizadora por debajo del capó, que cruzaba a lo ancho el motor, trabajo que le hizo el mecánico Carlos Egemoni, para mejorar el equilibrio del coche. Llegaron a comprar cuatro Kaiser Carabela y cuatro Torino y era notable la cantidad de viajes que hacían, no sólo por la estratégica ubicación de la parada sino, fundamentalmente, por el servicio que prestaban. Eran prolijos, correctos y confiables, valores que hacían la diferencia en el rubro. Los Alonso, tal como se los refería, encarnaron la galanura de sus taxis siempre imponentes e impecables.
Tenían sus automóviles en estado de gracia, a tal punto que uno de ellos, Alberto Alonso, era contratado habitualmente para llevar a las novias a la Iglesia donde la belleza de la novia y la preparación floreal del auto que la acercaba al templo eran prácticamente un mismo ser.
Los cuatro hermanos era también extraordinariamente puntuales y en la biografía de Alberto consta una sola defección, involuntaria, que produjo una catástrofe marital: un joven imprentero, casado, lo contrató para que lo lleve junto a su joven amante al albergue transitorio "Los Alerces". Naturalmente, debía ir a buscar a la pareja a una hora convenida. Como se puede inferir, en 1974 el auto era un bien para pocos. Pero Alonso se vio sometido por un acto impropio de su currículum: se quedó dormido. Y el hecho produjo una catástrofe conyugal cuando otro taxi, a las 8 de la mañana, rescató al imprentero del hotel alojamiento y lo dejó en su casa, con la esposa levantada y esperándolo en la cocina para anunciarle la separación. Esa historia trascendió debido a la tradición oral dado que Alberto Alonso, que tenía miles de anécdotas arriba de su taxi, le repetía a su familia lo que consideraba un credo de fe: "El taxi es un confesionario". (Dato aportado por Beto Alonso). Y por lo tanto, todo lo que se hablaba -y de las historias que se enteraba- quedaban para siempre en el secreto cubículo del auto.
Los Alonso estuvieron sus cuarenta años de trabajo en la misma parada, hasta que tocó la hora de la jubilación. Y un detalle los distinguió para siempre: fueron los únicos taxistas que cumplieron puntualmente el cambio de turno a las 4 de la mañana en su parada de Rodríguez y San Martín. El teléfono de la parada quedó para siempre en la perenne memoria de ciertos vecinos que peinan canas: era el número 142 (dato aportado por Mario Montani). Cosecharás lo que siembras.
Fuente: Ruedas sobre el empedrado, Elías El Hage (2023)
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