ÚLTIMO MOMENTO
Dice que no sabe -y por eso pregunta- cuándo las palabras, ciertas palabras idénticas pero enunciadas con cincuenta años de distancia, cambiaron el sentido. Le digo que aclare, que así como ha planteado las cosas hay un poco de confusión.
Dice que la época misma es un aporte a la confusión. Pero bueno, dice, intentaré ser claro. Entre lo perdido, dice, se ha perdido el doble sentido. Y una palabra que hace medio siglo el doble sentido convertía en picardía, esa misma palabra ahora se vuelve terror.
Ahora nos vamos entendiendo, le digo. Pero -Borges dixit- le pido la cobardía del ejemplo. Así nos terminamos de entender del todo.
Claro que sí, dice. Entonces me cita. Dice: usted mismo escribió hará cosa de diez o quince años una historia que después la escuché en un escenario porque, claro, la historia era muy divertida y tenía un colofón: era un homenaje a la amistad. Esa historia hablaba de tres amigos y uno muy especial, el Tuerto (soy nacido y criado y creo suponer que usted protegió la identidad del susodicho porque de ninguna manera una historia así, tan truculenta, que lo tuvo como protagonista, podía ir con nombre y apellido. Hizo bien. Sigamos). El Tuerto, Graciano y Teté tomaban el copetín cada tardecita en la sede del club Santamarina. La historia se llamaba "Palmó en el mueble". Fue la infausta peripecia con que el Tuerto se despidió de este mundo. Tenía una secretaria que era su amante y una vez a la semana se mandaba para la amueblada en su auto. Ahora viene lo mejor, y lo voy a citar textualmente. Resulta que una de esas tardecitas el Tuerto les anunció a sus amigos, jodón, deslizándose por el sobre entendido, que esa noche tenía tiroteo. "Esta noche tengo tiroteo", les dijo y salió del Santamarina, tomó Avellaneda, subió a su secretaria en la estación de servicio de Picabea, y enfiló para el California. Después se murió en pleno coito, pero eso ahora no importa. Ahora lo que importa es la palabrita en cuestión.
Porque el Tuerto usaba lo que cualquiera en ese momento del mundo o del país: el doble sentido, la picardía, una vuelta de tuerca que nos permitía el lenguaje. Tomábamos esa palabra, que venía del cowboy (aún más fuerte que de las noticias policiales), y la dábamos vuelta para convertirla en otra cosa, en el caso del Tuerto en el hecho sexual. Es más: Teté le dice al toque, como una clave jodona entre amigos, que "si hay más de dos tiros dedicame uno".
Entonces fíjese qué rareza la del argentino con el habla popular. Porque yo acepto que haya desaparecido el doble sentido, el lunfardo de la picaresca que nos hacía reír en la televisión inocentona de la época, pero lo que no puedo tolerar, lo que me deja sin palabras, precisamente, es que esta época, la actual, la de la revolución tecnológica con el lenguaje de la telefonía celular comiéndole la cabeza a los pibes, le haya devuelto a la palabra tiroteo su naturaleza original y brutal, mucho más brutal aún si un pibe la escribe sobre el azulejo del baño de la escuela. ¿Se da cuenta? Porque ahora la palabra tiroteo está en todas las partes donde estalla el horror: en un loco que entra a un supermercado y tirotea con su escopeta a los horrorizados clientes, o en otro tipo que le tira un balazo a un activista de derecha yanqui, o en casi cualquier instancia que aparezca la violencia como clima de época.
Entonces y para terminar, dice, se acabó la metáfora. Los tiros son los tiros. Y el espanto del tiroteo escolar (que ya ocurrió y por eso mismo fija la duda de la típica avivada estudiantil) vuelve cada vez más incomprensible este mundo, cada vez más fantasmagórico. El baño de la escuela, antiguo recinto donde se fumaba a escondidas o se fingía descomposturas, hoy es la cifra del miedo. Y así estamos.
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