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Desde siempre me gustan los inventos estrambóticos. Me acuerdo -cuando buscando historias de la Avenida Colón para escribir el radioteatro Un amor entre los tilos- que tropecé con relato de la máquina de hacer dinero con que dos porteños embaucaron al comerciante Oddone, un italiano que llevaba adelante un próspero almacén de ramos generales.
A mediados del siglo pasado los estafadores entraron al negocio de Oddone y pusieron una valija arriba del mostrador. Después la abrieron y lo que apareció frente a sus ojos dejó perplejo al comerciante. "¿Qué es esto?", preguntó. "La máquina de hacer dinero", le dijeron. Un gesto de incredulidad se dibujó en la cara de Oddone. La mueca se le borró de un plumazo cuando los tipos terminaron de armar el artefacto: era una caja metálica repleta de engranajes, ranuras y rodillos. El forastero accionó una manivela y del otro extremo del aparato apareció un billete de $100, grande y largo. Era lo que se llamaba a mediados de la década del '40, un Billete El Canario. Un billete perfecto que el lenguaje popular había bautizado como "El Canario" por su color amarillento.
El logo del billete era parecido a la estatua que exhibe en sus alturas la fachada del Banco Nación. Dicen que Oddone, fascinado, compró la máquina en cien mil pesos fuertes. Luego movió la manivela diez veces, y otros tantos billetes despidió el aparato, hasta que de la ranura no salió más nada. Insistió una y otra vez pero fue en vano. Recién entonces reparó en que los estafadores habían cargado el artefacto con billetes, los suficientes para darles tiempo necesario para huir del pueblo.
El domingo, en lo que vendría a ser el foyer de la sala teatral "La Fábrica", un aparato algo estrafalario recibió al público que colmó la sala para ver el espectáculo "Bajo el cielo de Tandil" (realizado por Esteban Calvo, Adrián Ventos, Victoria Rodríguez Lodi, Gustavo Mansilla y Alejandro Latorre). Fue, como prometían en la difusión, un paseo por las orillas del pago chico, una suerte de elegía a la tandilidad que bien podría mirarse desde dos lugares: el homenaje pero también la nostalgia con nombre propio entre canciones, textos, citas y poesías.
Pero lo que más me llamó la atención fue un efecto escénico -o pre escénico- muy bien logrado. Los hacedores del espectáculo le dieron el nombre de "La máquina expendedora de susurros". A esa máquina, una Spica Exprés, debía acercarse el espectador, como paso previo al ingreso a la sala. Y luego un cartel le hacía saber cómo debía tratar al aparato: dócilmente. Golpee con suavidad y acerque su oreja, decía la leyenda. Lo hice. Una voz de mujer, también suavemente, me susurró un silogismo de Friedrich Nietzsche. Fue todo muy rápido pero creí entender esta cita: "Pensar de manera contraria a la época en la que se vive es la verdadera señal de inteligencia".
Ese fue precisamente el núcleo vital del espectáculo: un ir a contramano -mejor dicho, en reversa- de la época que vivimos. Una tangente, una coartada, un escape hacia el pasado. Aclaración recurrente: no es lo mismo la nostalgia (puro recuerdo sin más hondura que el envase), que el desasosiego profundo de la melancolía. La nostalgia actúa como mera remembranza; la melancolía evoca el dolor de la pérdida. "Bajo el cielo de Tandil" se debe ese debate. Respecto a la performática "Máquina expendedora de susurros", sería un golazo de difusión de la obra sacarla a la calle, colocarla en el centro, en los barrios, donde fuera, para que el vecino vaya y ponga la oreja. En medio del manicomio en el que vivimos, con gente que habla gritando, que grita hablando por celular, o que grita sencillamente porque no quiere escuchar la voz del otro, la máquina es una gran idea. No abundan los susurros en estos días.
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