Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
El asunto es así: el Tucu no puede vivir sin relacionar cualquier cosa -lo que sea- con algo de la ciudad. Está aferrado al cordón umbilical de la tandilidad desde que nació, y esa obstinación por lo local, que niega una mirada universal del mundo, le quita panorama, pero también lo hace un distinto. Roque, que representa su opuesto, se ha acostumbrado al provincianismo cultural de su amigo, pero ayer -cuando la noticia empezó a correr por todos los medios- el asunto se le volvió insoportable.
Ahora en el bar, mientras pide un café, Roque le ruega que por favor, por una vez en la vida, renuncie a ese fanatismo por los paralelismos y las simetrías.
-Tandil no es todo, che -le dice Roque.
El Tucu acepta, le dice que no es todo, pero que es casi todo, lo cual parece lo mismo pero no es igual. Y, trascartón, vuelve con la última simetría, de la que ayer se enteró medio país y aún hoy sigue en la tapa de los diarios y los canales de noticias.
-La cascada de Adorni. ¿La viste? Tuvimos algunas mejores -dice el Tucu.
La moza sirve los dos cafés y por un momento sólo se escucha el ruido de las cucharitas sobre los pocillos. El Tucu ha estirado el silencio para prolongar la pausa, dando por sentado que a su amigo esa suspensión que ha impuesto aumenta la expectativa. Pero Roque no dice nada. Toma el primer sorbo de café y espera. El Tucu, entonces, anuncia con cierta pomposidad su revisión histórica comparativa.
-Hemos tenido mejores cascadas que la de ese ñato -dice y agrega-: Por ejemplo la cascada de la confitería Dionisios. ¿Te acordás?
Roque se acuerda pero no quiere acordarse. Hace rato que no quiere saber nada con la nostalgia, con la juventud perdida, con el tiempo que se voló. Dice que no con la cabeza y apura el café.
-Vos entrabas a la confitería y la cascada aparecía en mitad del salón, a la izquierda, detrás de un vidrio. Entrabas por otra puerta de vidrio y una escalera caracol te llevaba hasta los Altos de Dionisios, que en verdad eran los altos del Teatro Cervantes. ¿Te acordás ahora o no?
Roque cede. Dice que sí, que ahora recuerda la escalera, los altos de Dionisios, pero no mucho de la cascada. Sí recuerda a sus dueños, primero Scarcella, despúes Pedonese y Marcos Rubel, y los mozos, los sillones, la escultura que hizo Blas Scarso, las mesas de pool, el garito arriba y al fondo.
-Bajaba desde arriba, obviamente. El chorro de agua venía mezclado entre las plantas, y caía hasta al piso. Había un recipiente, como el piso de una bañera, que la dejaba correr. Tal vez fue la mejor cascada que tuvimos, che.
Roque termina el café. En la tele, la altanería de El Hombre de la Cascada se ha convertido en un meme patético. El epítome del mersa. El Tucu, ajeno a sus tribulaciones, permanece en reversa. Dionisios, para las generaciones jóvenes, fue una confitería ubicada sobre calle Rodríguez al lado del Teatro Cervantes. También albergó la sede de la Sociedad Española. El inmueble fue demolido hace algo así como diez años, el tiempo que lleva la construcción del shopping infinito. A la cascada también se la llevó puesta la piqueta pero eso nunca salió en los diarios.
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