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El Tiro y la culata

Más tarde o más temprano -y no tanto por la presión de los vecinos sino por la propia dinámica del crecimiento- el Tiro Federal se va a tener que ir del lugar donde quedó, en el corazón de un barrio. Las ciudades obedecen a la dinámica de las capas geológicas que describe mejor que nadie el llamado crecimiento. Una capa geológica llega para establecerse, sin permiso y abruptamente, sobre la otra, y así de seguido.

¿En que se parece la ciudad de década del 70 -para ubicar el devenir de dos generaciones- con la que tenemos hoy? En nada. ¿Quién podría haber imaginado en esos años que en la Curva de la Muerte medio siglo después se instalaría un pequeño centro comercial?

¿Qué queda de la sinuosa y despojada Avenida Avellaneda, la del único semáforo en la estación de servicio de Picabea? (hoy YPF de Avellaneda y Bolívar) ¿Qué queda de esa avenida que matizada por el aura silvestre de El Cerrito alguna vez lució los grandes chales, las casas señoriales, o las casas más chicas pero con la institución del porche y el enano de yeso en la entrada? Poco. Los restos de una época.

Avellaneda hoy es el hormigón de los incesantes edificios que obnubilan el paisaje, y los semáforos y las largas filas de autos que también, más tarde o más temprano, como pasará con las otras tres grandes avenidas, derivarán en la aplicación de la mano única, algo que la locura del tránsito está pidiendo a gritos.

Todo cambia, nos guste o no. Vale recordar el dato. Cuando la comisión directiva del Club Independiente decidió comprar el terreno de Avellaneda y Richieri, en la década del 30, los socios pusieron el grito en el cielo aduciendo que los estaban condenando a tener un club "en medio del campo".

¿Quién iba a imaginar, en los 80, en el corazón del circuito semipermanente, que a metros de la "S" del Ciervo donde se apostaban los fanáticos del TC alguna vez iba a construirse un club de golf, un country cerrado y la filial de un colegio privado?

Si todavía -con todos los prestadores turísticos en contra- se mantiene el circuito de La Cascada, es porque los muchachos no logran ordenar los papeles para vender las 300 hectáreas a la multinacional Faro Verde, que hace rato puso la oferta sobre la mesa.

El proceso que hoy estamos atravesando se llama gentrificación. Dicho en criollo: la migración incesante de nuevos vecinos de target ABC1 (gente con plata) que huyen de Buenos Aires y el poder foráneo y avasallante -oculto en el Caballo de Troya de los imperios financieros globales-, llegan para establecerse en los sitios donde estaban los nativos, corriéndolos a los suburbios. La consigna es: demolición o desplazamiento. Las orillas del norte de la ciudad, no muy borgeanas que digamos, son esos lugares recónditos donde tal vez hoy una pareja joven pueda conseguir un terreno a un precio más o menos estrafalario pero que no le cueste un riñón. Hacia allí -o más lejos- van los vecinos gentrificados del siglo veintiuno.

El Tiro Federal, para volver al principio, terminó siendo un anacronismo geográfico y social. Lo saben sus dirigentes, acaban de reconocerlo. "El casco urbano nos absorbió, nos envolvió", aceptaron ayer en una entrevista de El Eco. También dijeron que están buscando algún lugar en la periferia porque el Tiro en sí les quedó chico. Resulta hoy una sofisma discutir quién tiene más derecho: si el que llegó primero o los que vinieron después, porque el movimiento incesante de las capas geológicas que dan en llamar progreso puede ser más lento o más rápido, pero siempre llega para que se cumpla la ley de que lo nuevo reemplaza a lo viejo. Como organismos vivos que son, las ciudades también mueren o mutan o se transforman. Penosamente, diría, pero así sucede.

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