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Nuevos barrios

Resulta que el tipo no es un viejo, es alguien que recién pasó los sesenta y va en dirección a la vejez. Eso para empezar. No es viejo, está bien de salud, va al gimnasio y está -pequeño detalle- más o menos solo, como casi todo el mundo.

Hace un par de días me pasó por mail (usa el mail, correo que se niega a morir) la propuesta que viene del ¿karma? de la época: la soledad. Karma, estado, peste, patología, decisión individual, destino o puro azar, la soledad se ha instalado entre nosotros en medio de una paradoja también epocal: estamos solos en el siglo de la híper comunicación. Solos, incomunicados con internet, con celular y hasta con la IA: créase o no, incluso o sobre todo entre los jóvenes, hay gente que se psicoanaliza con el Chat GPT. El espanto no tiene límites.

Volvamos. Un tipo que parece estar tan solo como él tuvo una idea, o mejor dicho: la copió. La vio no sé dónde, y es probable que esa idea se esté replicando en nuestra propia ciudad.

Para decirlo de un tirón: el tipo lo invitó -y le dijo que invitara a sus conocidos- a la idea de pertenecer (linda palabrita) a un barrio que está pronto a crearse, un barrio que no tendrá ni más ni menos que una manzana de tierra y que se llamará "Los Viejos". No hay en la denominación ningún homenaje a nuestros padres o abuelos, sino, en directa alusión biológica, a lo que todos, con algo de suerte, seremos alguna vez: viejos sin eufemismos. No adultos mayores, no tercera edad. Viejos y punto.

Dice que la idea basal es acompañarse en ese sombrío estado de la vida. Le pregunto de qué forma. Viviendo uno al lado del otro, como en cualquier barrio, con la única salvedad de que será el barrio de los solos y las solas, dice.

Le pregunto qué uniría a los unos con los otros para tomar semejante decisión (invertir lo que se tenga en una vivienda nueva). Me dice que la soledad. Le digo que eso es un disparate. Que debería haber otras cosas: afinidades en la visión del mundo, en las lecturas, en las pasiones compartidas, en fin, algo que te conecte con el sujeto que vive al otro lado de la medianera. Me dice que la única conexión sería la soledad, y que por eso mismo la opción es mejor que el asilo, el geriátrico y todas las variantes de una vejez compartida. "Acá sólo se comparte el barrio", me dice.

Le digo que conozco un grupo de gente que está meditando esa decisión pero no con la vejez en tanto soledad como disparador del rejunte, sino con la amistad. Son amigos de larga data y que, por esas cosas de la vida, están solos. Le digo que esa idea me convence un poco más, a sabiendas (Borges dixit) de que la amistad es más noble que el amor: no necesita frecuencia. Y eso es un vecino, al fin y al cabo: un tipo que vive al lado o enfrente y con el cual uno mantiene un escaso o nulo trato. Un barrio de amigos no está mal. Calculo que lo más grave en esa etapa final del derrotero, no es quién te alcance los remedios o la bolsa del supermercado, sino saber que cerquita estará el amigo para compartir una charla o tomar unos amargos.

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