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Lo genuino

El amigo Richard Castejón tiene una especie de arcón de cosas del pasado. Cada tanto lo abre y saca una de esas rarezas que para un millennians sería algo así como vestigios de vida extraterrestre. A ese acto compulsivo que tiene por ir hacia el ayer, Richard lo llama, sarcásticamente, "shock de bostalgia", apelando al neologismo que inventó un rockero para poner a la nostalgia en su lugar. Para decir que lo importante, aunque incierto o por lo mismo, está adelante, en el futuro. Pero dejar que el pasado sea el pasado, gran frase de Homero, es algo que le cuesta hacer a mucha gente.

Hoy bien temprano Richard me envió por el celular la imagen que acompaña esta nota. Es una publicidad de vaya a saber qué publicación de los años -calculo- cincuenta. Una publicidad con la que el inmigrante español Jaime Anglada le hacía saber a la vecindad lo que todos sabían: que su carne era de lo mejor, tal como podrán recordarlo los lectores sobrevivientes del siglo XX. El aviso, si cotejamos los tres dígitos del teléfono, nos hace dudar si la empresa telefónica era la antiquísima Central Telefónica Automática (que tanto impulsó Demetrio Brutti) o ya había llegado hasta nosotros Entel, pero bueno, eso no importa.

Lo que importa en esta nota es una palabra clave. Una palabra en disputa, en -hoy se diría- plena batalla cultural: lo "genuino". Leemos al pie del aviso el otro fervor de Anglada: la elaboración de salamines. Leemos resaltado: "Fabrica y venta de genuinos salamines".

¿Qué nos quería decir con esa palabrita don Jaime? Que él tenía una chacra al otro lado de la ruta 226 donde producía sus maravillas de picado grueso. Y que, tal como la estética del diseño del mensaje lo revela (el recuadro y las mayúsculas son ostensibles), había un solo competidor (había más, pero uno en especial) con el que peleaba metro a metro el mercado. Era, obviamente, Cagnoli. Sellar la impronta en la genuinidad de sus salamines era decirle al otro: los míos no sólo son mejores, más ricos, sino también más legítimos, auténticos y verdaderos, es decir que a través del lenguaje apelaba al orden de la identidad profunda.

Las palabras nunca son inocentes y genuino sigue siendo un adjetivo poderoso. Lo era mucho más en el siglo pasado donde ese patrón cultural pesaba fuertemente en el capital simbólico del pueblito.

Tal vez pocos conozcan el final de la historia. La simpática batalla entre Anglada y Cagnoli la definió la biología: Jaime, que había llegado a la Argentina en 1910, era más viejo y hacia fines de los setenta tuvo que empezar a retirarse. Creo que fue Norbi Cagnoli (tercera generación de la empresa, el papá de Pablo y sus hermanos, dueños actuales dueños de la empresa) el que lideró la larguísima y reñida negociación -duró dos años- para comprarle la carnicería de calle Rodríguez 650, y luego también la adquisición de la fábrica, muy cercana a la planta actual de los Cagnoli. Sólo Anglada en su tumba sabe lo que le costó venderle su tesoro a la competencia y según dicen la fábrica se la vendió a un tercer candidato...¡encubierto de Cagnoli!

Se supone que la operación incluyó el notable adjetivo en disputa: desde entonces (o tal vez desde antes) sabemos por su slogan que los Cagnoli elaboran los genuinos salamines tandileros.

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