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La bici después de los 60

Juan cuenta que venía en su bicicleta, tranquilo, y que se distrajo un instante mirando un cartel, un mínimo instante en que la rueda delantera fue hacia un pozo, él se vino abajo, cayó y se quebró la clavícula. Operación, kinesiología y todo lo que sigue. Edad: 65 años.

Ricardo cuenta que fue protagonista del accidente más estúpido de su vida. A velocidad cero, parado sobre los pedales arriba de su bicicleta -pero con los pies dentro de las punteras-, perdió el equilibro y se desplomó. Impactó su cuerpo sobre su codo izquierdo pulverizándose el hueso. Operación, kinesiología y todo lo que sigue. Edad: 66 años.

Lorena cuenta que ella no se accidentó: que la accidentaron. Su caso se podría reproducir por decenas. Le abren la puerta de un auto, sin mirar el espejo, y se la llevan puesta. O ella se lleva puesta la puerta. Rotura del tendón, operación, kinesiología. Edad: 62 años.

En los tres casos descritos, son gente que tiene una salud impecable para la edad, que va al gym, que hace yoga, pilates, en fin, que cuida su cuerpo previniéndolo del lento debacle que impone la biología.

Mi teoría es largamente refutada por ellos y por el 90% de la gente con que la comparto. Refutada por instinto, por defensa de ese hecho siempre mágico (andar en bicicleta) o por conservación de un hábito saludable, por lo que fuera pero refutada al fin. Mi teoría dice que después de los 60 años no se puede andar en bicicleta. Decirlo provoca el escozor y la reprobación similar a cuando digo que no me gusta ni la cebolla, ni el ajo, ni el morrón.

El problema, dicen, no es la bicicleta ni la edad. Son los idiotas que manejan, es la sociedad enloquecida, es la ciudad repleta de autos, es la topografía de sus calles, son los pozos, todos elementos que tienen su debido fundamento, acuerdo para que suelten la mordida de mi yugular, pero que desvían la cuestión de fondo. O sea, la edad. Obviedad pura: no es lo mismo caerse a los treinta que a los sesenta. Los tres accidentados farfullan a regañadientes que es obvio que la edad influye pero vuelven a poner el foco en todos los otros condicionantes que hacen del paseo en bicicleta una invitación al accidente.

Entonces recuerdo a "La Ciudad de los 15 minutos". Y como últimamente todo lo que leo me lleva a París, que no conozco, ahí está el modelo llevado a la práctica por la alcaldesa de París Anne Hidalgo. Y cito a Wilkipedia: En 15 minutos a pie o en bicicleta de su casa, los habitantes de la ciudad pueden tener acceso a la mayoría de sus necesidades esenciales y se ha descrito como un «regreso a un modo de vida local». El concepto de la ciudad en 15 minutos se basa en los trabajos anteriores del planificador estadounidense Clarence Perry, en la década de 1900, sobre el papel del vecindario". Y agrega: "La ciudad de los 15 minutos es una visión de ciudad policéntrica (área urbana con múltiples centros de actividad, reduciendo la dependencia del centro principal), donde la densidad permite una masa crítica y le da sentido a la proximidad de vida y a su intensidad social. Es una ciudad donde los habitantes pueden responder a sus necesidades organizadas en seis categorías: vivir, trabajar, abastecerse, cuidarse, educarse, descansar. Está guiada por tres ideas mayores: 1) El crono-urbanismo, para dar un nuevo ritmo a la ciudad; 2) La cronotopía, para dar diferentes funciones a un lugar dependiente de la temporalidad, y 3) La topofilia, literalmente «el amor del lugar», para reforzar el apego de la gente a su barrio.

Dicen que Heminwgay, Cortázar y su Maga o cualquier celebridad que vivió en el París de los 50, no reconocerían hoy la ciudad, repleta de bicicletas, con miles de parisinos viviendo la felicidad de sus quince minutos sobre las dos ruedas. Aparentemente en París tienen problemas más graves (como la inmigración musulmana o africana), pero no ése.

Por ahora en este valle de entre sierras -y el asunto va en aumento- andar en bicicleta sobre todo después de los 60 sigue siendo una odisea conjetural pero evitable.

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