ÚLTIMO MOMENTO
Me dijeron el apellido y pensé que este muchacho no existía cuando su abuelo entró al banco Bansud (hoy Frávega) con una granada de utilería, la colocó arriba del escritorio, y le exigió al gerente que le diera sus dólares pisados por el corralito, y que si no lo hacía iba a volar todo por el aire.
Era diciembre de 2001 y Felipe, el adolescente del que hablo, aún no había nacido, pero la genealogía familiar ya registra un hilo algorítimico tensado por la violencia que prosigue su curso en el devenir del tiempo: de la granada del abuelo a la trompada del nieto han pasado veinticinco años. Pero ahora el apellido, con la memoria comparativa de ambos actos, rueda cuesta abajo para hundirse en el fondo del pozo de la vergüenza y la ignominia.
En 2001 los vecinos vieron como un gesto de épica desesperada -y lo apoyaron vivamente- al acto de aquel hombre diabético cuyos ahorros de toda la vida habían sido incautados por un gobierno en caída libre. Entró al banco como un estafado más y salió como un héroe nacional. Subió al auto, enterró sus dólares en un lugar innombrado y luego fue detenido por la policía. Guardó prisión en su casa, con un agente al lado, con el que tomaba mate. Recuerdo muy bien esa casa porque hasta allí me llevó un gran amigo de él con la idea de que yo escribiera un libro con su historia. No la escribí porque el Hombre de la Granada no quiso revelar el gran secreto: dónde había escondido sus dólares después de sacarlos a la fuerza del banco. Sin la revelación de ese enigma no tenía historia.
Un cuarto de siglo después su nieto de 17 años vuelve a ocupar la tapa de los diarios y la conversación pública por un hecho deplorable. Le asestó una terrible trompada a su profesor de música en un salón del Colegio San José. Si la granada de mentira no tenía precedentes en la ciudad, seguramente no puede decirse lo mismo de las muchas formas de violencia que ocurren en ese lugar al que hace muchos años se lo llamaba "el segundo hogar".
La fractura de mandíbula, pómulo y herida en el ojo del profesor de música en un colegio que todavía permite la aberración del uso del celular en el aula, pone sobre la mesa una implosión aún más compleja que la de diciembre de 2001. La falsa granada del ahorrista solitario se tomó como un acto de justicia individual frente al despojo del Estado; la piña atroz de su nieto (que según dicen sabe de boxeo y vino a replicar otros actos de violencia de su parte), deja al desnudo todo lo que debió ocurrir para que el hecho aconteciera. Para empezar, que la trompada empezó a lanzarla desde su casa. Y de eso deberían ya estar haciéndose cargo sus padres. Y después de sus padres todo lo que sigue, es decir los escombros morales de una sociedad rota donde un docente que va a enseñar termina hospitalizado. Va de suyo que hace rato estamos mal, y no vendría mal recordar que podríamos estar peor.
La muchedumbre que acompañó la marcha por el docente atacado y sus pedidos puntuales respecto a qué medidas se deben implementar para frenar este desastre, debería ser el primer paso para tomar este episodio como una línea, una bisagra, una especie de nunca más para la violencia escolar.
Si esto no se percibe así, entonces a nadie le va a extrañar que dentro de veinte o treinta años aparezca el tataranieto del Hombre de la Granada reventándole la cara a otro maestro en el aula. Naturalizar lo que ocurrió sería la segunda piña de este drama al que le podemos poner varias categorías como telón de fondo: desintegración, fractura social y un completo relajo de la autoridad. Si establecer límites y hacerlos cumplir es haberse vuelto conservador, entonces que sea bienvenido el conservadorismo.
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