ÚLTIMO MOMENTO
Ya son varios lectores los que me venían hablando del raro prodigio del fulano. Prodigio es un decir, porque en verdad lo que perfora sus oídos no es un canto de sirena sino un vagido profundo, un grito que nadie sabe de dónde viene, pero sí a quién pertenece.
Yo lo vi hace un par de meses, con lo cual podemos decir que el vendedor ambulante que porta una enorme canasta es oriundo de nuestros pagos. Suponemos que vende churros, aunque para el caso da lo mismo.
Lo que lo define no es el producto de su mercancía, ni su constancia para recorrer la zona donde se lo registra (siempre dentro de las cuatro avenidas y con mayor presencia en el centro). No lo definen los churros o la fritanga que muy prolijamente lleva en la canasta. Es otra cosa, es el grito. Y no el grito en sí, no el hecho de andar a los gritos por la calle, algo elemental en cualquier vendedor ambulante, sino el sonido que logra y la persistencia con que perdura vibrando en el aire una vez que lo soltó desde el fondo de su garganta.
Primero, es un grito arcaico, cavernoso, de un volumen tan estridente -grave, como un aullido- que una vez lanzado y por su poder de retardo produce un efecto cinematográfico: uno escucha el ruido, se da vuelta y mira pero no ve nada, nadie, sólo la respuesta del efecto, es decir gente también mirando hacia el lugar donde partió el bramido, intentando vagamente ubicar su procedencia. Es muy raro eso: el vendedor ambulante grita lo que vende, y es una voz fantasmal, un rugido que asusta si te agarra distraído, y nada más. También el detalle de la síntesis: no grita dos o tres o cuatro palabras del tipo "hay palito/bombón/helado". No. Reduce su grito a una sola cosa, como si gritara un gol, concentrando toda potencia oral, la sonoridad, en un elemento único.
Sólo algo así como un minuto después aparece el portador del rugido. Un hombre joven, una canasta grande, y el grito que todavía sigue colgado entre el cielo y la vereda, instalado y reverberando en los oídos de aquellos que a cien metros a la redonda pudieron escucharlo como si lo tuvieran al lado.
Si bien no existe una historiografía sobre el grito ni alguna más modesta biografía acerca del poder de las cuerdas vocales de las decenas de vendedores ambulantes que han escrito su historia en las calles del pueblito, este grito no tiene parangón. "Me tiemblan los vidrios del negocio", contó un comerciante hace unos días cuando vio llegar al vendedor por el vibrante registro oral de su marca registrada, como si fuera el rayo que precede al trueno o las cosas que empiezan a moverses segundos antes del terremoto.
Tal vez lo hayan escuchado. Lo que produce me recuerda al célebre cuadro del pintor Edvard Munch. Sin clima de Mundial, con el frío antártico que asoma para quedarse, las caras serias y el paso rápido de los transeúntes, sumado a la escalofriante mortandad del comercio en el centro, el grito, ese grito un tanto apocalíptico parece el único ser vivo que se escucha en estos días.
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