ÚLTIMO MOMENTO
Dice que una vida está plenamente vivida cuando se han visto 15 mundiales de fútbol. Dice que él lleva catorce, y que por lo tanto en un mes y medio, cuando este Mundial termine, podrá darse por satisfecho.
Dice que el argumento, por cierto caprichoso, no es suyo; que lo escuchó alguna vez y que le gustó. Y dice que así como hay gente -Charly, por ejemplo, con sus discos- que ve las etapas de su vida a través de otras cosas (viajes, romances, libros leídos, etc.), a él le pareció bien entenderla a partir de los mundiales de fútbol, ese momento, dice, donde todo se paraliza.
Dice que su primer Mundial fue el de Alemania 1974, con lo cual su vida era por entonces en blanco y negro, como la tele. Y que ya para el 78, con el color y su mayoría de edad, comenzó otra historia: el adiós a la infancia, a la adolescencia (dice que antes la adolescencia se terminaba más rápido que ahora).
Dice que está de acuerdo con el escritor Albert Camus, que él también todo lo que sabe de la vida lo aprendió del fútbol. Dice que al fútbol le debe la primera humillación, el acto brutal que escenifica la conciencia del humillado: ocurrió en el potrero de su barrio cuando en el pan y queso donde dos amigos elegían a sus compañeros de equipo, él quedó último, elegido más bien porque no quedaba otra. Dice que esa tarde comprendió la honestidad brutal del fútbol: al descartarlo, al dejarlo para el final, no sólo sus amigos le estaban diciendo crudamente la verdad -que era un tronco hecho y derecho- y que el ritual de la pelota, en aquellos comienzos, no conocía de lo que después sería todo un temita: los famosos códigos del fútbol. En la infancia no había código para los troncos.
Dice que a los que son futboleros de verdad el Mundial de fútbol no les mueve el amperímetro. Dice que a él sí, que sabe perfectamente que el Mundial es un negocio, pero, ¿qué cosa hoy no es un negocio?, se pregunta.
Dice que de las tres estrellas que ganó la selección argentina, la que más celebró por lejos fue la última, la de Catar. Dice que ese Mundial lo agarró en la cima de la montaña de los 60, el exacto momento en que acontece el declive inexorable.
Dice que por una cuestión de cábala había visto el partido inaugural de todos los Mundiales con su hijo. Dice que su hijo hasta Catar no sabía lo que era ganar un Mundial, porque si la vida es una sucesión continua de fracasos, donde nunca se liga nada, a veces, muy pocas veces ocurre que ganamos algo. Y que por eso mismo lo celebró tanto. Porque por fin muchos hijos, y sobre todo el suyo, vivían esa alegría única, la de ganar un Mundial, la de abrazarse con los suyos, con la familia, con los amigos y también en la calle, con cualquiera, algo, dice, ese abrazo con el otro, con el argentino desconocido, tan poco usual en el país de hoy.
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