ÚLTIMO MOMENTO

Ponerse de pie

A veces me acuerdo. Sonaba el timbre, fin del recreo. Entonces, en segundos, una puerta se iba a abrir. Teníamos catorce, quince años. Teníamos acné, éramos todos varones, los bancos eran de madera. Una vez un cura, a uno de los nuestros que había rayado el banco con la punta del compás, lo había mandado a la casa con el banco a cuestas. Para que lo arregle.

A veces me acuerdo. Con la excepción del Miti, que era un violento de base, el resto de los profesores eran tipos serios pero amigables. No éramos santos, tampoco demonios. Éramos pibes. Y los profesores andarían entre los cuarenta y cincuenta años, es decir que también eran jóvenes. Había por entonces una regla de oro: todo lo que hicieras o no hicieras tenía consecuencias.

A veces me acuerdo de la panóptica tarima. Era un lugar de poder. El profesor, medio metro por encima del piso, tenía la panorámica perfecta del salón.

Pero de todas las cosas que recuerdo -porque el colegio es un museo de evocaciones mínimas- había un acto que nunca nadie discutió, ni debatió, ni objetó, ni siquiera pensó vaya a saber de qué protocolo venía, quién lo había fundado, y cómo con los años -casi cien años por entonces- se había convertido en una tradición. Volvamos, entonces, al principio.

Sonaba el timbre, fin del recreo, la puerta se abría. De saco y corbata entraba el profesor. Entonces los cuarenta adolescentes de blazer azul, y pantalón gris y corbata, y pelo a la altura del cuello de la camisa nos poníamos de pie. Era un doble acto realizado al unísono: hacer silencio y ponerse de pie, a la derecha de cada banco. Y saludar. Buenos días, alumnos. Buenos días, profesor.

Ese acto, lo descubrí mucho después (cuando el país se jodió y la educación se fue a pique con él), creaba un efecto poderoso: inducía por sí mismo al clima de inicio de la clase. Entraba el profe, nos poníamos de pie, la clase había comenzado. Era un acto que, al constituirse de manera unánime, ponía exactamente todas las cosas en su lugar. La atmósfera del respeto, por decirlo así.

¿Qué es eso del docente teniendo que pedir silencio hasta la disfonía? ¿Qué es eso de tener que pedir, casi en un ruego, que cada estudiante vaya para su banco? Nadie de los nuestros -que yo sepa- debió ir al psiquiatra por ponerse de pie, recto, vertical, y saludar al profesor cuando entraba al aula. Tal vez ahora nos parezca un gesto de arcaísmo escolar decimonónico, o de resabio castrense, pero en atención a cómo se han ido dando las cosas uno empieza a añorarlo (sobre todo cuando un alumno con prontuario de delincuente juvenil le destroza la cara a un maestro asestándole una trompada propia de un boxeador federado).

Ponerse de pie, ser saludado, saludar. Así era el comienzo de una clase hasta no hace más de diez años en el colegio del que hablo. Un día nadie más se levantó más del banco. Y así están las cosas.

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