Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
Llegan con lo justo y se ubican en la mesa que encuentran, sobre la ventana que da a calle Pinto. Él pispea la gran pantalla que está exactamente ubicada en el extremo opuesto del bar y dice que podrán ver el partido con total normalidad.
-Sin lentes -le dice el hombre a la mujer. Cuando llegue la moza van a pedir dos submarinos.
Sin lentes ni de lejos ni de cerca parece un milagro, pienso, mientras los veo. Eso, ir a un bar juntos, a la vuelta de la vida conyugal -porque deben andar por los setenta- me recuerda a mis padres. Cumplieron el rito hasta que les dio el cuero.
En la pantalla están por hacer sonar los himnos, el de Argentina y el de Austria. Sabemos que el bar, cualquiera pero sobre todo éste, en el Mundial se transforma. Hay clima de cancha.
No los conozco. Él de gorra, bufanda, sobretodo; ella también muy abrigada. No son una excepción entre los parroquianos, porque también sabemos de la transversalidad del bar en los Mundiales, pero ahora los que habitan las mesas sobresaltadas -el sufrir forma parte de la tradición futbolera- son en su mayoría jóvenes. De treinta a cuarenta y jóvenes de 50, por aquello de la nueva longevidad. El matrimonio está en la otra dimensión, en la del siglo pasado, pero con la vitalidad suficiente para enfrentar el frío y salir a ver el partido al bar.
Ella mira a la barra, como si su mente intentara reconstruir el pasado. Le dice al marido que antes la barra -el mostrador, le dice- estaba más adelante. Busca el espacio de los dos baños de los años 70. Ahora en ese lugar hay una pared con cuadros alusivos al pasado del bar y por delante de la pared otras mesas pequeñas, esféricas, donde los parroquianos ya empezaron a cantar el himno.
Va a empezar el partido. La moza trae los submarinos. El hombre le pregunta algo a la moza y la moza, que apenas escucha por el alboroto, sonríe, y dice que no lo sabe, que le reitere el nombre que acaba de pronunciar.
-Mayora, Rolo Mayora, ¿vive? -dice el hombre.
La moza vuelve a decir que no tiene la menor idea, como es absolutamente lógico en una chica de no más de treinta años.
Me levanto de la mesa, los saludo, y le digo que sí, que Rodolfo "Rolo" Mayora, el mozo del Ideal del Tandil de los años felices vive, y que gusta de leer estas historias. El hombre sonríe; la esposa me mira y me pide que le mande un saludo. Y agrega justo cuando arranca el partido y una ovación de expectativa hace temblar los vidrios del Ideal:
-Nosotros nos conocimos acá, en el bar, durante el Mundial del 78, imagínese, más de cuarenta años. Rolo nos atendió aquella primera vez. Un mozo que siempre recordamos por su cordialidad. Y nosotros mientras podamos seguiremos viendo el Mundial en el Ideal.
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