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Historias desde el Bar Ideal: Nevada

El Tucu dijo que ese día él estuvo desde temprano como un mueble más, como una silla más, en el bar, clavado en la mesa que daba a Rodríguez, apenas equidistante al kiosco de madera de doña Estrella Pavioni, en el vértice de la plaza, y que apenas llegó -dice recordarlo al milímetro- empezaron a caer unos levísimos copos blancos que con el correr de los minutos se convirtieron en algo que aún a la distancia él reconoce como "La madre de todas las nevadas".

-Ajá. ¿Fecha? -dice Roque que no tiene un registro cronológico de esos pequeños acontecimientos, tan infrecuentes como una nevada, y mucho menos con el matiz grandilocuente que le adjudica su amigo.

-16 de julio de 1975. Un gran día -el Tucu llama a la moza Ludmila.

El bar ya había dejado de ser sólo bar, pero la ampliación del rubro a sus inolvidables pizzas se vivió sin conflicto entre los cafeteros. Eso sí: por las dos puertas del frente del boliche en invierno se colaba la ventisca gélida que apenas podía menguar la calefacción y el calor humano. Sin embargo, eso, el frío, no parecía importarle a nadie.

-Hacía más frío en los baños que en el salón -exagera el Tucu, como para ilustrar la crudeza de los baños del Ideal de esos años.

-Pero, ¿se la veían venir? -pregunta Roque.

-¿Qué cosa?

-A la nevada.

El Tucu niega con lo cabeza. Era un día que estaba raro, dice, un cielo del color del acero, el frío propio de julio, y nadie recuerda bien si los meteorólogos (que no estaban muy en boga en esa época) dejaron entrever la sospecha de lo que se venía.

-De golpe empezó a nevar en serio y fue la locura, la felicidad total, viejo. El Parque parecía Bariloche. Los que tenían una cámara de fotos agotaron los rollos. ¡Lo que facturó el Negro Julio César Díaz! Algunos se lucieron haciendo grandes muñecos de nieve, los pibes se dieron con todo, tirándose con los copos de nieve como adoquines. Hubo fiesta pareja en el centro, en los barrios, en las plazas. Nevó hasta a más no poder. Toda la ciudad perfectamente blanca, como un cuadro, una locura. ¿Cómo puede ser que no te acuerdes? -el Tucu le reprocha a Roque esa suerte de desmemoria insólita.

-Algo me acuerdo, che. Lo que no entiendo es lo que siguió. Con un par de excepciones, nevar, lo que se dice nevar, no nevó nunca más. Lo que sin duda me lleva a una pregunta básica que tal vez vos me puedas responder.

El Tucu mira a su amigo, observa el cielo, escéptico, y masculla con rencor que hoy nevó en Claraz y Ayacucho. Luego traga el último sorbo de café y le hace el gesto a Roque de que pregunte nomás, sin miedo, con confianza, que para eso están los amigos: para responder las preguntas difíciles.

Roque siente que el Tucu mordió el anzuelo. Y a continuación dispara:

-¿Por qué ahora hace añares que en Tandil no nieva? -Roque tiende la trampa y percibe que su amigo enamorado de la nostalgia entrará de cabeza, sin pudor y sin razón.

-Porque las mejores cosas de la vida ocurrieron en el pasado, querido. En el pasado. Hasta la nieve misma, che.

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