Historias desde el Bar El Ideal VOLVER
Ha terminado el partido. En minutos empezaron a llegar los vecinos a la esquina de Pinto y Rodríguez. Esta vez volvemos a las fuentes: se celebra el pase a cuartos de un Mundial en la esquina del Ideal. Ni Frawen's ni la cervecería-funeraria Cheverry. El Ideal. Y en el Ideal todavía el piso tiembla, los vidrios tiemblan, la gran pantalla de la televisión, la que trajeron para el Mundial y las otras también parecen detenidas, congeladas en lo que hace minutos pasó pero sigue pasando, como si el tiempo se hubiera quedado petrificado allí: en el gol de Enzo, en las lágrimas de Messi.
Adentro se canta. Afuera se canta. La vida en celeste y blanco, en día laborable. Pero en el aire del bar aún late, perturbado, algo atónito, casi sin aire, un corazón, como si se hubiera asomado al abismo del infarto y cuando estaba por caerse adentro del hueco oscuro de lo innombrable, una mano -o mejor dicho, dos pies y una cabeza- lo salvaron del final.
Es entonces que uno de los parroquianos se levanta de la silla como un Lázaro a quien alguien le ha dicho que se ponga de pie. Es un parroquiano sin nombre, efecto del Mundial. Porque como todo el mundo sabe en el bar, en este bar y en cualquier bar, durante un Mundial los parroquianos no tienen nombre. Lo pierden, lo olvidan. Son parroquianos a secas nomás. No hay nombre, no hay historia, no hay biografía. Sólo están allí, como tantos otros, mezclados, en calidad de hinchas. Y un hincha por definición es eso: un ser anónimo que de golpe, en el instante final, después del largo calvario y del anhelado y casi imposible goce, se pone de pie.
Se levanta con lo que queda de él, ese despojo disfónico, esa sombra sudorosa -en pleno invierno-, ese temblor que todavía le queda en las piernas, en las levitantes suelas de los zapatos que ahora lo impulsan de la silla, aún bajo los efectos del terremoto emocional que lo mantiene en vilo, ese hincha busca alguien como él, alguien que son todos los que están ahí, en ese momento, tras el gol de Enzo, tras el interminable descuento -más de once minutos- y dice:
El fútbol es invencible. Nada puede con él. Ni la precisión tecnológica del VAR que le arrebató la frescura y el error, ni el corrupto de Trump y sus chanchullos con Infantino, ni un Mundial de cuarenta y pico de equipos, ni la hipócrita pausa de hidratación (dólares, marketing, guita) que rompió el espíritu y el reglamento del juego. Aún así, a pesar de todos esos engendros, el fútbol es invencible. El fútbol y Messi, el fútbol y esta selección que nos dejó a todos así, agotados, exhaustos, hechos pelota, con los nervios destrozados, y el corazón, señores, el corazón puedo asegurarlo porque a eso me dedico, a la cardiología me dedico, y en todos ustedes y en mí veo los signos del acelere, del noble órgano galopando desorbitado como, si me permiten la metáfora, hubiera dado por fin o los hubiera finiquitado una maratón sexual de ésas que podíamos tener cuando éramos jóvenes. Pero no, señores, señoras, público en general: no es la catrera, no es el orgasmo. O sí, es el orgasmo del fútbol, pasión y pánico, goce y martirio, tristeza y alegría, todo en uno, dos, tres, cuatro minutos, el fútbol que se nefrega en todos los electrocardiogramas, y sobre todo el fútbol del Mundial, el pobre Mundial corrompido por el viejo yanqui pelirrojo y el pelado de la fifa, y este partido, señoras y señoras, este partido memorable con el sorprendente Egipto y la gente en la calle festejando, catárticamente, porque más que festejo es desahogo, queridos, desahogo de los pobres corazones que ahora esperan por el café de Colombia o los relojitos de Suiza.
APORTA TU PENSAMIENTO
Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.