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Angelo, el banquero

Hace alrededor de diez años, para un proyecto editorial del que finalmente desistí, entrevisté a Mario César Angelo en su bunker de la Avenida España. Fueron tres horas de charla, con un grabador, y el pacto de no revelar cuestiones de las que me pidió reserva. Así lo hice. Angelo iba a ser una fuente de un libro donde él no era el protagonista. Finalmente, el libro no lo escribí y a él no lo volví a ver.

Mario Angelo murió en la víspera y me permito una breve infidencia que tiene que ver con su biografía, con sus orígenes como capitalista de juego, en el seno de un Tandil que en nada se parece al actual. De alguna manera, como su colega Nicola Parasuco, Angelo también fue un self made man, un hombre que se inventó a sí mismo. Ahora su relato:

"Cuando empecé había dos banqueros de juego. Uno era un tal Laguier, un panadero, que vivía por 25 de Mayo y Chacabuco. Y el otro era el Viejo Pérez que paraba dos cuadras más allá de Rivadavia y tenía una carnicería. Era el año 1958. Yo levantaba juego en bicicleta para Pérez, tenía una boletita nomás. Un día llegué para rendirle y salió la esposa de Pérez entre las reses de vacas y me dijo si iba a llevar tres chuletas como todos los días... Me corta tres chuletas, me las da y me dice que después se las pague. Yo medio ligerón sospeché que estaba pasando algo raro, y cuando salí con la bicicleta me llama el panadero de enfrente y me dice: "Zafaste de pedo, está la policía adentro". Así que me quedé con la boleta de juego, el chiquitito mío que tenía. Ese día había levantado 40 pesos y me quedaron 23 de ganancia. Los martes no había quiniela y el miércoles al viejo Pérez no lo habían soltado. Había ganado otros 28 pesos. Así también el jueves, el viernes y el sábado. Había juntado 200 pesos. Al lunes siguiente el viejo Pérez me dijo que no iba a seguir, me ofreció lo suyo y le dije que no, me dio vergüenza. Yo tenía un recorrido muy grande por todo el centro de Tandil y fue en ese momento que me independicé. Hasta ese día era empleado administrativo de BIMA porque para las matemáticas era un monstruo, también vendía ropa en la calle, vendía pañuelos y medias arriba del tren que iba a Rauch y volvía. Hacía de todo. Odiaba vender pero no me quedaba otra.

"En el año 58 en Tandil había 53 whiskerías y 4 cabares. Entonces yo me recorría todos esos boliches, después el hospital, también todas las paradas de taxis... y en todos esos lugares había gente que jugaba. Entonces empecé a tener una boleta inmensa, es decir una gran cantidad de juego en pesos. Yo recaudaba solo por lo que no recaudaban quince tipos juntos, pero me levantaba a las siete de la mañana y a las siete y media ya había tenido el primer cliente, solo, sin nadie.

"Un día se me prendió la lamparita y dividí mi zona en ocho partes dándole a cada pasador 50 pesos de recorrido. Si querías salir a levantar juego tenías clientes hasta esa suma de dinero, más lo clientes que el mismo pasador iba a crear, los propios, hasta llegar a 100. Y así fue. Puse ocho tipos y cuando quise acordar tenía 40 pasadores de quiniela. A los 18 años ya estaba consolidado. Nunca más fui yo mismo a levantar juego, lo banqué. Me convertí en capitalista. Y así estuve 60 años de banquero de juego".

Por supuesto, que en tres horas de relato para un libro que finalmente no escribí, Mario Angelo habló largo y tendido de su vida, de sus colegas, de su actividad, y de cómo la quiniela clandestina durante al menos cuarenta años del siglo pasado concibió un submundo que está más de cerca de la literatura de Roberto Arlt, cruda y dura, y donde el capitalista de juego, como una suerte de tótem patriarcal, se convirtió en un pater familias, un protector de centenares de personas. No le salió gratis: llegó a tener, según el mismo me contó, 270 detenciones pero, como también dijo, "nunca un escándalo público, nunca en estado de ebriedad, ninguna otra cosa rara que no fuera la quinela (así la pronunciaba, sin la í latina en el medio).

Otro tiempo, otras voces, otra época, el penúltimo gran emblema del capitalista de juego que quedaba vivo y que se acaba de ir.

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